18 julio 2019
El Popular

El guajolote que lee

Bye bye Tenochtitlan: adiós a Armando Ramírez

Por Óscar ALARCÓN. / julio . 12, 2019.

Las manías que tienen los lectores para acomodar sus libros son diversas. En mi caso, por mucho tiempo, al inicio de mi librero colocaba mis libros favoritos. Un hilito de sangre de Eusebio Ruvalcaba le peleó por mucho tiempo el primer puesto a Chin Chin el Teporocho de Armando Ramírez, hasta que el autor de Una cerveza de nombre Derrota se impuso al autor de Crónica de los chorrocientos mil días del Barrio de Tepito.

Armando Ramírez nació el 7 de abril de 1952 en el barrio Tepito, donde se formó como escritor, como cronista, como observador e impulsor de todo lo que tuviera que ver con este barrio (Tepito, viene del náhuatl Teocaltepiton, que significa templo, teocalli y pequeño tepiton).

Quizá sea; Chin Chin el Teporocho su obra más difundida, sin embargo, no se le puede encasillar en su primera novela, apenas aparecida un poco después de la literatura de la Onda (publicada originalmente en 1972). Armando Ramírez impulsó la creatividad del barrio bravo, nos hizo ver que ahí donde todos observaban un barrio sórdido, él veía varias escenas dignas de narrarse. Así podemos leer Quinceañera, novela festiva por donde se le mire. Cecilia, la protagonista de la fiesta y de la novela, tiene su despertar sexual en una de las celebraciones familiares más importantes de nuestro país: los XV años.

Como lector no sale uno tranquilamente después de leer Violación en Polanco, novela publicada originalmente bajo el título onomatopéyico de Pu. Una novela de venganza y dolor, de terror y de violencia. La novela más salvaje y brutal de Armando Ramírez.

Uno se atacaba de la risa al leerlo en la novela Me llaman la Chata Aguayo, en donde la protagonista es la lideresa de los vendedores de fayuca. Una escena inolvidable es cuando la mismísima Chata Aguayo está en la ceremonia del grito de Independencia en Palacio Nacional, invitada por el presidente de la República y una cantidad de personajes folclóricos del viejo PRI se dan cita en tan magno evento.

Cofundador del movimiento Tepito Arte Acá, movimiento plástico y teatral que retrató fielmente la vida cotidiana de Tepito, su novela Noches de Califas es una joya también de la vida cotidiana pues el famoso Salón California es escenario y protagonista de esta historia: baile, danzón, cuchillos y peleas sirven de telón de fondo: “UUUUUUUUUUY UUUY UY UY, señores y señoras, éste es el chacachaá del tren, vamos a chacachear, moviendo la cintura y los pies. Éste es el templo del califato, del califato del tren… Yaaa los califas van cayendoooooo a la viña del Señor… Muuuuy buenas tengan esta noche, respetable público del Califas Dancing Club… Daaamitas emperifolladas saquen el compás, el compás del tren… porque en el día de San Valentín debe reinar la alegría guapachosa, gracia del espíritu… ¡Que viva! ¡Que viva, la amistad! ¡Salud! ¡Dinero! ¡Amor! Y no olviden que un beso de mujer es la gloria, y su mirada un embrujo divino… porque en este su recinto sagrado de la música tropical a la mujer no se le toca ni con el pétalo de una rosa… Chacachacachaca…”

Carajo, lo que uno como lector sufre cuando este tipo de escritores se van. La importancia del lenguaje en la obra de Armando Ramírez es fundamental: los giros lingüísticos del barrio de Tepito aparecen y se convierten en un código común entre el lector y los personajes.

Armando Ramírez nos deja un legado literario que rescata a aquel personaje que surgiera a finales del siglo XIX: el pícaro. Su obra, llevada al cine y al teatro, se desborda de barrio y de lenguaje en código. Quizá sus dos obras maestras fueron ¡Pantaletas!, una crítica furiosa a las humanidades, a la Virgen de Guadalupe y a Benito Juárez; y Déjame, libro con claras referencias autobiográficas en donde nos cuenta de sus desventuras amorosas.

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