20 julio 2019
El Popular

Stalingrado

La hora de la verdad

Por Rodrigo ROSALES ESCALONA. / junio . 15, 2019.

En julio de 2019, Puebla vivió un proceso electoral equivalente al de 2018. Pero, sus resultados son distintos: si uno operó como un intento de catalizador de un cambio que parecía inevitable, ante la egolatría de gobierno estatal morenovallista, así como del peñismo; uno hizo creer que la transición mexicana a la democracia se aceleraba y el otro detuvo su salto y prolongó la hegemonía transexenal a través de Antonio Gali, primero, luego con su esposa Martha Erika Alonso, trágicamente muertos ambos, siendo que ante tal hecho, se tuvo que efectuar otra elección, donde Enrique Cárdenas, Miguel Barbosa y Alberto Jiménez, compiten. Más tarde, esa hegemonía se ha asentado en una calculada generosidad hacia su candidato del PAN, que no sólo ha servido para delinear tendencias sino para disputar, una alianza supuesta con los espacios del cadáver del PRD y MC: despojos que heredó Rafael Moreno Valle. Pero siendo muy importantes, cabe preguntar si esos comicios locales han hecho algo más que continuar los trazos de 2018. Mi respuesta sería negativa creo que el 2018 de ese año quedaron plasmados los contornos del conflicto político mexicano, al menos, hasta 1994.De modo que el análisis no debe desviarse del punto fundamental, que a pesar de todo sigue siendo el momento crucial de la sucesión en la presidencia de la República, encabezado por Andrés Manuel López Obrador, quien enfrenta una crisis social, económica y diplomática, luego de 40 años de tecnocracia apátrida como cleptocracia.

El sistema político mexicano, sabía que mientras el poder lo tuvieran controlado, la corrupción e impunidad, permanece para garantizar sus beneficios grupal o personal. De ahí que el hartazgo social dio su respuesta hacia ir construyendo un aprendizaje de una democracia social, no grupal punitiva.

Tomando en cuenta las diferencias entre las elecciones cataclísmicas de 1988 y las (cataplásmicas) de 1991, este artículo intentará subrayar algunos de los rasgos que se han perfilado en los últimos años en escenarios construidos alrededor de una idea democrática clara, que tropieza y se aturde con la obstinación de la realidad nacional.

El término “elecciones cataclísmicas” de una conferencia dictada por José María Maravall en el Instituto Ortega y Gasset, en noviembre de 1991. Se refiera a los comicios que producen resultados inesperados, pero cuya fuerza es insuficiente para modificar la estructura o las prácticas de un régimen dado. Cuando el cataclismo pasa, todo tiende a la normalidad interior. Por eso he puesto el paréntesis el adjetivo siguiente: si no ocurre ningún pacto derivado de esas elecciones, las posteriores suelen ser como un “cataplasma” que cura le enfermedad.

Siendo así, que este proceso electoral, luego de intrincada guerra de declaraciones, donde el conservadurismo intenta, una vez más, afianzarse, luego de que, por sus propias acciones de corrupción, perdió ante los reclamos sociales, porque dicho poder conservador tecnócrata, ya sea vestido como PRI o PAN, junto con lacayos del PRD y MC, demostraron su incapacidad propia del pensamiento no democrático, como escribe Humberto Cerroni, “en la visión de las dos esferas –política y social- como estructuralmente divididas y opuestas”, de ello no se sigue que la superación de tal incapacidad consiste en la identificación de ambas esferas o momentos, al punto de subsumir por completo lo político en lo social: trata de momentos articulados cuya separación lleva a la ilusión denunciada.

El papel que deben desempeñar los partidos políticos, es obvio, está en función de su base social efectiva: el campo de las posibilidades de una fuerza política organizada se encuentra delimitado por sus nexos con sectores específicos de la sociedad. Sin embargo, como señaló Lenin, “la división en clases es por cierto la base más profunda del agrupamiento de su situación de sometimiento económico, político e ideológico, la cual tiene que ser dirigida por aquella minoría”. Tal dicotomía está presente en México, porque el poder impide que el conjunto social, se encuentre así mismo como clase, por lo que sirve mejor la ruptura de una conciencia gremial.

Ya Miguel Barbosa es gobernador calificado, donde la supuesta oposición, no tuvo argumentos de impugnación. Pero, quienes acompañaron a Enrique Cárdenas como candidato, representados por PAN, PRD y MC, ante sus magros resultados, Cárdenas los culpa de que lo dejaron solo; inmediatamente, panistas le reviran diciendo que sí le echaron la mano, a lo que Cárdenas les pide perdón. Gabriel Hinojosa, ex varias cosas, dueño de la marca “Sumemos”, prende convertirse en partido político, persuadiendo a Cárdenas a que se lance como candidato, pero ahora como presidente municipal. Lástima.

Bien lo dijo el ya gobernador Miguel Barbosa, que es momento de tomar medidas justas y legales contra la corrupción, además que, en su gobierno, el morenovallismo no tiene cabida. Justo, es decir, que, entre oportunistas, destaca Leobardo Soto, quien se asume como dirigente, que no líder, de la otrora fuerte CTM, mismo que al sentir que no encajará en el gobierno, ahora se bota la puntada de que formará un nuevo partido, porque la fuerza “obrera”, le es suficiente. Leobardo Soto, le fue fiel a Rafael Moreno Valle, como ya no tuvo ese nido, se pronunció a favor de Barbosa, quien no encontró los votos que prometió Soto, ante la pérdida de los mismos, en cinco municipios, entre ellos la capital del estado.

Leobardo Soto y otros más, como Carlos Martínez Amador, representan lo que evidencia Lenin, oportunismo y corrupción. Tan sólo, al preguntar a obreros afilados a la CTM, la opinión sobre Soto, es diametralmente opuesta a lo que vende dicho dirigente.

 

*Analista político y de prospectiva social

rodrigo.ivan@yahoo.com.mx        

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