16 junio 2019
El Popular

La vida en LEM

La intrascendencia de la culpa

Por Efrén CALLEJA MACEDO. / junio . 13, 2019.

El asunto es muy sencillo: “Los negros dicen que fueron los tanos; los tanos dicen que fueron los negros”. Hay, por supuesto, una mirada compartida: “Negros de mierda y tanos de mierda es como los negros y los tanos se llaman entre sí”. Para cumplir con el lugar común, ambos grupos están divididos por un muro que ha sido horadado: “Ese agujero, dicen los tanos, permite a los negros entrar a Giardino y robar romper roer todo aquello que tocan. Ese agujero, dicen los negros, es el conducto que tuvieron que inventarse para acceder de forma directa a las escuelas, las plazas y las salas sanitarias de la zona, tres espacios públicos donde el recelo se presenta como una condición del aire: los negros respiran la distancia de los tanos. También respiran su miedo”.

En la historia hay un muerto del que nadie quiere hacerse responsable. Y un acusado. Esa partida de ping pong flagelante es el tema de la crónica Los otros. Una historia del conurbado bonaerense (Debate, 2011), de Josefina Licitra.

La cronista cruza puentes de recelo, miedo, evasiones y cacicazgos para recopilar versiones, acusaciones y temores que le permitan contar una historia similar a un “informe, en síntesis, sobre la inminencia; […] sobre cómo lo malo se anuncia primero y sucede después; […] un informe sobre lo inevitable. Y sobre la soledad”. Así, Licitra encuentra en las manzanas que bordean en Riachuelo, un barrio de italianos llamado Villa Giardiano; y otro de indigentes llamado Acuba. Los tanos y los negros, respectivamente.

Constituido por los apartados “El nudo” y “El desenlace”, el libro va de agosto de 2009 a abril de 2011. Mes a mes, la periodista recorre los territorios geográficos y tribales que dan sinsentido a la historia.

Los personajes son flashazos impávidos: “Amanda, con su piel rubia, su cabello rubio, sus rubios ojos celestes, escucha como si no escuchara. Los perros ladran. Carlos También. Tantas veces se dijeron las mismas cosas en esta casa”.

Los conflictos sociales son malestares filiales: “Dirán papá vos sos un gil porque laburás como una bestia para hacer menos de dos lucas y ellos no tienen estudios, no tienen nada, y vos tenés veintidós años en la empresa y ellos no trabajan pero cobran trescientos pesos menos que vos.”

Los espacios son reterritorializaciones inestables: “¿Sabes lo que estar parado en la esquina de tu casa mirando para el boquete y que te salgan veinte pibes de ahí adentro para ir a comprar al kiosco de la otra cuadra y que te digan: ‘ehh, qué mirás, gato puto, ehh, te vamos a matar?’ Y yo digo: pueden ser mis hijos. Son Pibes. Pero esos pibes rompen persianas.”

La pedagogía es un temor andante: “En el barrio, las madres ponen orden invocando este rostro: ‘Si te portás mal viene Marcelo’, dicen. Y el fruto de ese miedo es la fascinación: los niños ven en Marcelo una suerte de hombre de la bolsa o de Dios en la tierra. O las dos cosas juntas. Porque el hombre de la bolsa, acá, es Dios.”

Las lealtades son asuntos de salud: “La gente sabe que yo, no te digo que al extremo de matarte, pero que te voy a dejar todo roto y te voy a mandar al hospital y que cada vez que —inspira— respires vas a decir ‘Marcelo’, eso sí va a pasar. Porque no me gusta que me traicionen.”

El progreso es cronómetro letal: “Según estudios hechos por Greenpeace, las industrias del cuero arrojan sobre el río elevados niveles de concentración de cromo, plomo, cadmio, mercurio, cobre y zinc. Y en el caso del cromo, esos niveles son especialmente altos a la altura de Acuba [el barrio de los negros]. ¿Qué es alto? […] La línea de la gráfica “sufre un pico de presión y desborda el límite de la página”.

La élite empresarial es afectiva: “Yo siento que Marcelo por mí va a dar la vida. Y si yo tengo que dar la vida por él, la doy, ¿me explico? Siempre que hay algún inconveniente, que no son muchos, me llama para ver lo que necesito. Como amigo. Para mí es un amigazo.”

El encuentro con la muerte es un acto de docilidad: “Él no es que no quisiera ir a la marcha, no le interesaba, pero cuando le decían ‘vamos’ él se subía al camión y lo llevaban. Él era un buen chico. Hasta séptimo grado hizo”.

Cuando el desenlace llega —pensamos en LEM—, como en todos los conflictos históricos, el resultado es intrascendente. La culpa repartida es apenas un punto de arranque para las siguientes etapas en las que se repetirá: “Los negros dicen que fueron los tanos; los tanos dicen que fueron los negros”.

*Centro de producción de lecturas, escrituras y memorias (LEM)

lem.memoria@gmail.com

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