18 julio 2019
El Popular

Bregando

Si a mí me gusta que suenen, pa’qué los quiero engrasaos

Por Jaime OAXACA. / mayo . 28, 2019.

Morirse en el ruedo no le asustaba al Pana, ahí están como testimonio sus palabras en una conferencia impartida en la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP) en octubre de 2015. “A los responsables de la Comunidad de Madrid les entró el pánico cuando se enteraron que siempre he querido morir en un ruedo, como Manolete. Para que los animalistas dejen de chingar, han de saber que los toros matan y yo estoy preparado para morir en el ruedo”.

Un toro de nombre Pan Francés de la dehesa de Guanamé cumplió el deseo. Una voltereta en la plaza de Ciudad Lerdo, en mayo de 2016, le provocó la inmovilidad del cuerpo al diestro apizaquense, un mes después llegó la muerte.

Caprichosa la vida, un pan que acabó con un panadero.

El jueves 2 de junio de 2016, a eso de las 18:30 horas, corría como reguero de pólvora la noticia: murió El Pana. Era cierta, el inigualable diestro había fallecido en un sanatorio de Guadalajara. Sus familiares decidieron que el cuerpo fuera trasladado por tierra, llegó a Apizaco la madrugada del sábado.

En la tarde de aquel sábado había mucha gente en la plaza de toros donde se oficiaría una misa de cuerpo presente. Dicha plaza fue inaugurada en 1986, desde la Navidad de 2010 se llama Monumental Rodolfo Rodríguez El Pana. Buena cantidad de gente en el ruedo y en el tendido. Taquillero El Brujo.

Al término de la misa el cuerpo fue trasladado en una calesa a la catedral escoltado por una gran cantidad de aficionados, cuando pasaron frente a la máquina de ferrocarril, símbolo de la ciudad de Apizaco, ésta sonó su silbato en honor del Pana, así correspondió la ciudad rielera aquel festival en que el diestro actuara vestido como ferrocarrilero.

Las cenizas del torero fueron repartidas en las ganaderías de García Méndez, Jaime Rodríguez Zacatepec y De Haro, ahí descansan.

Lo que no descansa es el recuerdo del hijo predilecto de Apizaco, un diestro que tenía 64 años de edad y 37 de alternativa cuando se le atragantó aquel pan francés. Un torero singular que tuvo una carrera única.

Debutó en la plaza México en 1978 no como una oportunidad, más bien fue una tarde en que el empresario quería quitarse de encima a seis indeseables, así lo platicaba Rodolfo Rodríguez González, quien el domingo del debut le cortó las dos orejas a Reyezuelo de Santa María de Guadalupe, en total toreó 11 novilladas del 6 de agosto al 17 de diciembre.

Es evidente que un novillero puntero debió tomar la alternativa en un cartel de postín, pero no fue así. El Pana realizó declaraciones que incomodaron a toreros, ganaderos y empresarios, empezó a ser relegado y después prácticamente olvidado, así pasaron los años, Rodolfo toreaba poco, intervenía en las corridas de toros grandes, ésas que las figuras no querían ver ni en fotografía.

En aquella época había toreros que siempre estaban en los carteles, lo que la afición llamaba el cartel de piedra. Rodolfo Rodríguez decía que eran: sota, caballo y rey y uno más que se decía el as.

Desperdiciado por los empresarios, El Pana, se cansó y decidió irse, evidentemente pedía la oportunidad de despedirse en La México, su plaza. Con frecuencia se iba a los medios del coso más grande del mundo con una pancarta en la que pedía que le dieran chance de torear, le costaba la cárcel por invadir el ruedo. Hasta que llegó la ansiada oportunidad de despedirse en La México, fue el 7 de enero de 2007, la vida caprichosa le tenía una sorpresa, no fue la despedida, fue su domingo de resurrección.

Resultó ser una tarde soñada. El Brujo de Apizaco se convirtió en el hombre del momento, los medios de comunicación ajenos a la tauromaquia querían entrevistar y saber quién era ese torero que se había convertido en el epicentro de un sismo provocado por un triunfo, se le dio tanta vida y publicidad a la tauromaquia como nunca antes.

Fueron nueve años que El Pana probó las mieles del triunfo, que le dieron trato de figura, toreó en España, Francia, algunas plazas de Sudamérica y en plaza de la República Mexicana que jamás había pisado, nunca perdió su sello, se fue fiel a sí mismo, como inspirado en aquella canción de Atahualpa Yupanqui: si a mí me gusta que suenen, pa’qué los quiero engrasaos.

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