25 junio 2019
El Popular

Invitado

Jugar en equipo: un malestar ciudadano del mexicano

Por Victorino MORALES DÁVILA. / abril . 15, 2019.

El mundo digital ha dado prueba de la organización que puede llegar a alcanzar una sociedad para construir acción colectiva. Son vastos los ejemplos que podrían citarse e interpelando al lector, someto a que piense en alguno del que tenga conocimiento. Entusiastas podemos llegar a sentirnos al pensar que lo digital, lo online, representa una herramienta más para la participación ciudadana. Sin embargo, a pesar de ser varios los esfuerzos que desde nuestro país existen, me atrevo a señalar lo que, desde antes de iniciar la administración de Andrés Manuel López Obrador, este mundo digital dejaba ver y leer: el desborde de luchas entre grupos sociales que categóricamente, mas no científicamente, se han denominado “chairos” y “fifís”. Así, mi curiosidad se despierta por esbozar cómo estas interacciones que se vierten en la opinión pública, principalmente a través de las redes sociales, plasman un malestar de nuestra sociedad que a mi parecer deja ver el poco interés por tomar acción e iniciativa en la solución de asuntos públicos y se decanta más por el juicio o prejuicio de aquellos que se relacionan con la vida política de México.

Cuando hablo de malestar, no hago referencia a un sentido pesimista ni de resignación. Más bien de una necesidad de explicar y entender el complejo ADN cultural que nos puede llegar a mantenernos en una posición ciudadana muy poco activa. Aventurado resultaría pensar que el motivo se expresa en un presunto hastío de los defectos de nuestro sistema político mexicano o  a un perenne Estado opresor y que la escapatoria resulta en limitarse a escribir un tuit o post y prestar a tención en aquello en la que lo político no infecta, por ejemplo, el futbol. Sin embargo, pensar que en la vida social la dimensión de poder se reserva sólo a ciertos eventos terminaría por sepultar el entendimiento de nuestra naturaleza misma que bien define Aristóteles, el de zóon politikon. En este sentido, hasta el futbol despertaría este hastío. Nos inclinamos a encontrar y explicar esta predilección del mexicano en su individualismo que forma parte de su psique y ethos. Este individualismo, que dista mucho de aquella concepción capitalista al estilo weberiano, ha conducido al malestar del mexicano, porque al parecer lo trivial merece su interés y atención. Es un individualismo que no reconoce otra más que una conducta caracterizada por el bienestar personal y familiar, debiendo resolver la vida con lo que tenga a su alcance, perjudique o no a su comunidad.

Para explicar este asunto me permito reflexionar desde las ideas de Jorge Castañeda, quien en su obra “Mañana o pasado: el misterio de los mexicanos” publicado en 2011 nos ayuda a dibujar este malestar ciudadano en nuestra cultura afirmando que “los mexicanos rechazan los rascacielos y son malos para el futbol” porque al parecer no somos “jugadores en equipo”. Ejemplos históricos de toda índole dan sentido a esta idea: la lucha por la independencia o la revolución de 1910 no constituyen, dice Castañeda, éxitos rotundos. En los eventos olímpicos se deja ver cómo en las disciplinas individuales, México ha tenido un mayor desempeño que en las colectivas. Incluso el futbol se originó en el país no como una especie de club social, como en el caso de los equipos sudamericanos, sino como simples equipos de futbol. Son también un ejemplo de ello las estadísticas sobre participación electoral. El porcentaje de mexicanos que llegan a emitir su voto gira en alrededor de un 60% en las elecciones presidenciales y un 45% en las intermedias.  En lo religioso, el mexicano es de igual forma individualista, si bien el asunto religioso es una de las mayores fuentes de participación colectiva, el mexicano ha decidido regresar a la espiritualidad en este siglo XXI de manera personal sin necesidad de pisar una iglesia. 

De manera cuantitativa esta caracterización individualista del mexicano se deja ver en las encuestas de cultura política en México a inicios del siglo XXI y en las que un 82% de los entrevistados afirma no haber trabajado nunca en conjunto para beneficio de su comunidad. Este dato es concluyente, sin embargo, el estudio realizado por GAUSSC en 2010 y publicado en una revista de circulación nacional en 2011 es aún más: el 60% de los mexicanos están de acuerdo en “hacer cosas que los beneficien a ellos, aunque no beneficien al país”. En otras palabras, el fuerzo individual es más importante que el colectivo.

Hasta ahora pareciera que estamos condenando el habitus del mexicano de una forma negativa y pesimista. Con la finalidad de no caer en esta argumentación, vale la pena aclarar que el mexicano no es ese ser hobessiano. La mayoría de los mexicanos, eventualmente, podemos ser soñadores y tener uno en común, una aspiración nacional compartida; pensar que nuestro país no está estancado y que deseamos un México honesto, educado, igualitario y desarrollado. El arte mexicano puede dar cuenta de la ilusión colectivista de los mexicanos. En la iconografía mexicana, el asunto de lo colectivo siempre ha tomado un lugar central, como un elemento del imaginario social de nuestra sociedad.  El muralismo de Diego Rivera o de José Luis Orozco es uno de los cientos de ejemplos que podemos encontrar. Lo concluyente de este asunto es que el mexicano se dibuja como un individuo que sí gusta por jugar en equipo. El arte permite observar una creencia en lo colectivo, en particular en las masas mexicanas.

La otra cara de la moneda puede mostrar a un mexicano que siente como “el país le ha quedado a deber”, “que va por mal camino” o que “es peor que aquel en que vivieron sus abuelos”.  Lejos de reclamar y recriminar al gobierno y a la clase política, los mexicanos también podemos considerar que somos parte de las situaciones que deterioran nuestro país; tomamos conciencia de nuestra situación, entendemos qué es lo que queremos y hacia donde deseamos llegar. Si echamos manos de datos estadísticos, podemos encontrar cómo el mexicano anhela tener un país seguro, sin violencia, sin corrupción y con buen gobierno (más del 50% según el estudio de GAUSSC) pero, entonces ¿por qué la necesidad de actuar de forma individual y por lo tanto disfrutar más de un buen partido de nuestra selección de fútbol y actuar menos sobre un asunto tan colectivo como lo es la vida política y social del país?

La nuestra ha sido una historia con un Estado fuerte en términos de control social. Desde tiempos coloniales nuestro actual país representó una mina para la Corona española y por lo tanto se caracterizó por tener una administración rígida y controlada. Las reformas borbónicas son el ejemplo más claro. Nuestro saltó a la vida independiente, sin estar exento de guerras y desacuerdos, con un Estado aún fuerte, todopoderoso y abrumador que se deja observar con el gobierno de Porfirio Díaz o los revolucionarios y posrevolucionarios (priistas). Este Estado eventualmente terminó por crear una sociedad civil débil y que mantienen a los mexicanos desorganizados; y en esta situación, dejando que las personas velen por sí mismas. Sumado a ello, la centralización ilimitada del poder político y económico en manos de pequeños grupos desde tiempos coloniales ha dejado ver que difícilmente pudo emerger una sociedad civil dotada de bases materiales. Los mexicanos de hoy emergemos como una entidad colectiva que busca su solución a problemas colectivos o políticos de manera individual, si acaso familiar.  Esto es reflejado en el estudio realizado en 2010 por GAUSSC al revelar que para el 81% de los mexicanos la familia “está” antes que el país (lo que sea que esto signifique).

A pesar de poder considerar a la familia como una pequeña colectividad, el mexicano no la entiende como tal; para nosotros este mundo nuclear emerge como el refugio en el que nos apoyamos, compartimos valores, miedo, éxitos y demás cuestiones individuales. El mismo estudio de GAUSSC señala que la familia es el asidero social en un país donde “cada quién jala por su cuenta”.  Esta última visión no es propia de los que vivimos en México; incluso la población mexicana radicada en Estados Unidos, es decir nuestros “paisanos”, en muy raras ocasiones se involucran en acciones colectivas: “los mexicanos en Estados Unidos, no menos que en casa, se rascan con sus propias uñas” menciona Castañeda en su obra. La familia entonces puede llegar a representar todo, los esfuerzos en grupo, no. Basta con mirar el poco éxito de los programas impulsados desde la Administración Pública Federal para organizar a los mexicanos del otro lado de la frontera norte. Este empeño colectivo gubernamental no ha arrojado el éxito que se esperaba.

Para el mexicano, incluso el liderazgo es entendido en su dimensión más individualista. La figura del caudillo y la de sus seguidores personales ha sido el ejemplo del líder para el mexicano. Emiliano Zapata, Benito Juárez y los demás “héroes mexicanos” han sido los representantes de su y sólo de su acción. Su lucha ha conseguido éxitos solo suyos. Uno de los ejemplos más contemporáneos es el caudillo revolucionario que se levantaba en armas frente a lo que él consideraba un mal gobierno y cuya única finalidad era ocupar la codiciada silla del águila.  La literatura mexicana es un excelente recurso de donde podemos echar mano para entender este “liderazgo individual”. La sombra del caudillo de Martín Luis Guzmán o La silla del águila del escritor Carlos fuentes lo ilustran.

Las historias de los caudillos o “héroes nacionales” han llenado de orgullo y ennoblecido la historia de México. ¿Quién no ve con admiración la lucha de Juárez frente a los invasores extranjeros o el levantamiento de Francisco I. Madero contra la dictadura porfirista? Con mayor actualidad, el triunfo del presidente “que sacó al PRI de Los Pinos”, Vicente Fox, fue dibujada como historia de una lucha de un hombre contra el sistema priista y no como el de una colectividad que buscaba una “cambio” en el país. Un ejemplo más de esto es el movimiento organizado por el tres veces candidato a la presidencia, ahora presidente, por el partido más fuerte de izquierda, Andrés Manuel López Obrador. Sus acciones lejos de dar reflejo de un movimiento colectivo, aunque en la forma lo sea (MORENA), se delinea como una guerra personal para ocupar el poder ejecutivo federal. La fractura ocurrida en los últimos años al interior de la izquierda mexicana nos puede confirmar esta suposición. A decir verdad, el México más contemporáneo es ejemplo de un sistema de partidos que se subordina a la imagen del candidato (las cuatro últimas elecciones presidenciales lo ejemplifican) y no de una competencia de colectividades partidistas. 

La desigualdad social que vive nuestro país puede también revisarse desde esta dimensión individualista. Hay que recordar que nuestra sociedad es una con alto grado de inequidad en cuanto a la distribución de la riqueza se refiere; con un índice de Gini de 0.048 (El Colegio de México, 2018), es decir con un alto grado de concentración del ingreso en sólo un 10% de los hogares, México se ubica como el país con mayor desigualdad de aquellos que conforman la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE). Si bien en todas las sociedades existen grupos sociales extremadamente ricos o extremadamente pobres, en nuestro país la brecha entre ricos y pobres es abismal. Sin embargo, es aventurado afirmar que la brecha es entre ricos y pobres, más bien entre “el más rico” y los pobres. Por todos los mexicanos es conocido que uno de los hombres más ricos del mundo, el primero o segundo dependiendo la hora del día, es mexicano y su fortuna es diez veces mayor que la del segundo más acaudalado en el país. Si bien existe una clase acomodada y pudiente en México, el problema es que este mexicano, empresario, resulta poseer mucho más que todos sus pares juntos. Su esfuerzo en gran parte es individualista. Este empresario mexicano dista mucho de ser un jugador en equipo. Este mexicano es Carlos Slim y Castañeda nos descubre un poco de la personalidad del magnate mexicano. “Slim tiene una clara conciencia de su posición y poder” -dice el politólogo mexicano- “Hace hincapié en sus puntos de vista individuales; cualquier intento colectivo con él implica alinearse con sus visiones, intereses y ambiciones”. Con tan sólo revisar sus “propuestas reformadoras” para el país se observa la carencia de un tinte colectivo.

Los movimientos sociopolíticos también han adolecido de este malestar del mexicano que estamos esbozando. Reflexiono sobre dos de ellos tomando en primer lugar el que tuvo lugar en el marco de las elecciones presidenciales del 2012: el movimiento #yosoy132. Éste surgió como una movilización que buscaba la democratización de los medios de comunicación, la creación de un tercer debate entre los candidatos presidenciales y rechazaba una supuesta imposición mediática. Vastas eran las expectativas que muchos mexicanos generaron cuando comenzó esta movilidad estudiantil con una característica muy particular: los estudiantes provenían de escuelas privadas en su comienzo. Con un aire a primavera mexicana, este movimiento parecía ser un esfuerzo colectivo por exigir cambios en la maquinaria política del país. Sin embargo, pronto el gen individualista floreció al interior de esta colectividad cuando uno de sus voceros, Antonio Attolini, estudiante del ITAM en ese momento, y otros integrantes del movimiento aceptaron participar en un programa de la cadena Foro TV, perteneciente a Televisa. Bajo la excusa de llevar al movimiento a un espacio para su expresión, este joven estudiante hace reflejo de una decisión personal y sumamente individual que fue criticada y condenada por el resto del movimiento. Después de aquello el movimiento fue perdiendo fuerza y hoy en día sólo queda como un suceso aislado en la historia más reciente de México.

El otro, el levantamiento zapatista en Chiapas en enero de 1994 que se esboza como un movimiento colectivo de las comunidades indígenas en situación de marginación.  Bajo la inexistencia de un comandante (Marcos era un “subcomandante”) y por el anonimato de los rostros gracias al uso de los pasamontañas, éste parecía ser un esfuerzo por terminar con esta dimensión individualista de liderazgo. Sin embargo, la historia no se escribió de esta forma. Finalmente, Marcos, el subcomandante, se convirtió en una nueva versión de héroe mexicano personificando la figura de un luchador social en México.  ¿Quién no ha caído en la tentación de adquirir algún artículo artesanal por las calles de San Cristóbal de las Casas con el nombre de Marcos? Eventualmente nuestro subcomandante no pudo resistir la tentación de convertirse en una celebridad a nivel internacional; “creó una ventura individualista donde la fortuna de una sola persona se confunde con la del movimiento”- dice Castañeda. Marcos terminó por comerse el movimiento y con ello enterrándolo.

En un sentido metafórico y mitificador, la figura de la Malinche que tan popularmente es recordada al grado de transformarse en un adjetivo calificativo, malinchista, y sustantivo, el malinchismo, no sólo representa la imagen de aquella mujer nativa de Mesoamérica que se ganó la confianza de Cortés y se convirtió en aliada de los españoles en su lucha frente al imperio mexica, sino también como la primera expresión del individualismo mexicano, como lo venimos entendiendo. La Malinche buscó soluciones individuales (su supervivencia) a problemas colectivos (la inminente Conquista española), es decir –dice Castañeda- “recurrió a sus talentos individuales para convertir la necesidad en virtud y salvar… bien su pellejo”. Este último ejemplo llega a representar, como el resto de los que se han utilizado, nuestra naturaleza individualista que tanto malestar nos ha ocasionado en nuestra práctica ciudadana.

Después de este recorrido argumentativo que hemos dado no debe de quedar duda de que la decisión de los mexicanos por brindarle interés a lo trivial no es producto de una apatía y hastío por la cosa política.  Sino una actitud construida histórica y socialmente. Sin embargo, no se debe entender este intento argumentativo como causa primera y única de la decisión de comentar una imagen del “chairo” o el “fifí” antes de hacerlo sobre mecanismos, iniciativas o propuestas para la construcción de gobernanza en nuestras ciudades. Lo que nos debe de permitir estas líneas es entender que el reto como sociedad es altamente complejo; que no es un programa gubernamental o la elección de un candidato lo que arrojará las mejores soluciones, ni un esfuerzo aislado de la sociedad civil que no confía en sus gobernantes, más bien la lógica adecuada puede encontrarse en nuestro propio malestar: el individualismo. Los mexicanos de hoy debemos hacer un esfuerzo en lo individual para comprender que no podemos seguir siendo como los cangrejos de ese contenedor que no logran salir de su cautiverio porque el esfuerzo individual no alcanza para hacerlo. Debemos comenzar a pensar que, solo trabajando en grupo, en colectividad y en intereses comunes podremos alcanzar nuestra libertad en la forma propuesta por el premio nobel Amartya Sen.

El asunto de la corrupción, narcotráfico, pobreza, rezago educativo, desempleo no es responsabilidad de las autoridades, como se suele decir, y tampoco del ciudadano que no participa en las esferas políticas. La reflexión de la que hablamos anteriormente es una cuestión de poner fin a la consideración de la otredad que reflejamos frente al asunto del “gobierno”, frente a “ellos” (El Estado).  En su dimensión democrática, el ciudadano mexicano, participe o no participe en el aparato gubernamental, debe entender que el conocer, reflexionar, opinar y participar sobre el asunto político es su responsabilidad, como lo es también de aquel que incursiona en la cuestión gubernamental como representante, es decir el político. 

El malinchismo ha ocasionado que lo efímero tome el protagonismo de nuestras vidas. El mexicano puede disfrutar del partido de su equipo de futbol favorito, de la comida familiar los domingos; preocuparse por su futuro y desempeñar bien sus responsabilidades profesionales para tener éxito, pero también debe tener en cuenta que vive en sociedad, que responde a su dinámica y que en gran proporción su futuro está condicionado por lo buen jugador en equipo que pueda llegar a ser.

 

Victorino Morales Dávila, Ph. D.

Director Museo Tecnológico de Monterrey

 

victorino.morales@tec.mx

*Castañeda, J. (2011). Mañana o pasado, el misterio de los mexicanos. Santillana: México.

*El Colegio de México (2018). Desigualdades en México 2018. El Colegio de México: México

*S/A (2011). Mexicano ahorita: retrato de un liberal salvaje. Nexos

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