26 mayo 2019
El Popular

Invitado

Mostrar el camino

Por Laura ÁLVAREZ. / abril . 03, 2019.

Soy mamá de una radiante niñita de dos años y medio. A esta edad, todo lo que hace es gracioso, tierno y sorprendente. Me causa mucha admiración cómo, en pocos meses, pasó de hablar muy poco a hacerme preguntas abstractas como “¿qué piensas, mamá?”

Desde el primer instante que Olivia llegó a casa, dejamos que nuestros cinco perros se acercaran a ella. Todos dormíamos en el mismo cuarto, se acercaban a olfatearla, tomábamos el sol juntos y salíamos a pasear con la bebé en el fular. Más adelante, cuando empezó a gatear, se divertía persiguiendo a los perros en el jardín o tratando de comerse sus orejas afelpadas.

A medida que toma conciencia del mundo, de su “yo”, de su lugar en la familia, Olivia se va haciendo más segura de sí misma. En ciertas ocasiones, desahoga sus frustraciones con los perros dándoles una patada, un jalón de cola o un pellizco en sus lomos; en otras, exige a gritos que su lugar sea respetado (los brazos o la atención de mamá o de papá), porque ella es más importante que sus compañeros perros.

Para mí, esta situación es frustrante y triste; he llorado muchas veces y me pregunto qué estoy haciendo mal.

A medida que pasan los días, trato de ir modelando para ella cómo se debe cuidar a los perros. Si los golpea le explico que las manos son para dar cariños y amor, y que los perros lloran cuando ella los lastima. He pedido ayuda y paciencia a los seres superiores de mi hija y de mis perros, y poco a poco vamos avanzando. Desde hace algunos días, me siento orgullosa porque Olivia ya es capaz de darles de desayunar, y ellos, muy ordenados, esperan la orden de su pequeña líder para empezar a comer.

Esta tarde, mi pequeña lloraba desconsolada y no quería decirme qué le había pasado. Mientras la cargaba, Luka se acercó y suavemente posó su pata sobre la pierna de Olivia. Muy sorprendida, le dije: “Mira, Oli, Luka quiere saber por qué lloras. ¿Puedes usar tus palabras y contarle por qué estás triste?” De forma mágica y sorprendente, dejó de llorar y le contó a su perro que se había pegado en la cabeza. El resto de la tarde fue de besos y abrazos entre mis dos amores.

Mi corazón se llena de alegría cada vez que mi hija me deja ver que está dispuesta a aprender a convivir con sus perros. Y mis perros, con mucha más paciencia que yo, le van mostrando el camino. Son los mejores maestros que mi hija pueda tener.

 

*Agente perruna y diseñadora gráfica.

 Agente Perruna

agenteperruna@gmail.com

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