23 julio 2019
El Popular

Metrópolis

Condiciones políticas de planeación territorial

Por José Miguel GUTIÉRREZ Y HERRERA. / marzo . 25, 2019.

La planeación del desarrollo en general y del urbano en particular fueron aspiración sincera hacia mediados del siglo xx. Daba oportunidad al gobierno de la revolución institucionalizada de mostrar voluntad política para subsanar los efectos colaterales que el mismo desarrollo industrial en su febril carrera de crecimiento generaba. Se estaba consciente de los defectos de éste, pero a su dicho podían sercontrolados con planeación indicativa. Ello se mantenía con certezadogmática, pues entonces dogmatizar era lo habitual desde el gobierno, la oposición, la prensa subordinada, el clero ydesde la misma ciencia social.Y luego entonces bastó la crisis de los ochenta del siglo pasado para arrasar los dogmas del desarrollo y entre ellos: la planeación de éste y la planeación como concepto, ambosinútiles en la prisasin pausa de atraer cuanto antes capital extranjero. Por supuesto, también la acumulación de capital sobre bases internas, siendo uno de los dogmas centralesde la teoría del desarrollo se había desplomado, dado que en la práctica incluso la banca expropiada y centralizada —que podía servir como catapulta— se descapitalizó. ¿Por qué sirios y troyanos fallaronen el diagnóstico? Pues porque compartían el mismo horizonte de prejuicios y de escrúpulos; entre ellos, la fe ciega en el progreso material a toda costa, la ilusión de ir a marchas forzadas, y el ansia de quemar etapas.

Tan fueasí por aquellos años que la izquierda operativa, o sea el PC, buscando su lugar en el desarrollo, reclamaba su nicho en el concierto político…y, en efecto, se imaginó un lugar en el espacio político hacia mediados de los sesenta, pero de súbito los acontecimientos del 68, le devolvieron algo del sentido de realidad nacional, al ser rebasado por la izquierda.

Regresando al punto: a fines de los ochenta del siglo pasado nadie insistía en planear el desarrollo, pues si por definición éste es endógeno, entonces no existía talen los grandes números de la macroeconomía, ni en las regiones, las ciudades y los pueblos de los valles, las selvas y montañas de México.

Se comete el funesto error de pensar que el neoliberalismo fue quien arrebató las posibilidades de desarrollo endógeno; a decir verdad, tal entró alterritorio cuando la casa estaba colapsada. Cuandoel modelo de sustitución de importaciones, prestigiado en los años dorados para gobierno y burguesía entre los años cuarenta, estaba seriamente cuestionado por la sociedad. Cuandoel partido del gobierno en su modelo político hacia agua; cuando el partido oficial perdía región tras región, antes de perder la presidencia de la república el año 2000.

Desde las postrimerías del siglo anterior, la oposición (de izquierda y derecha) avanzó generando gobernabilidad alternativa en estados y municipios. Al pasoque el modelo salinista implicó un sobreesfuerzo de concentración de poder asociado a una política social de amplio espectro, pero corporativizadaal poder presidencial, más que al partido.

Y aquí el punto: el paso al neoliberalismo fue acompañado por un proceso de transición democrática que se centró en demoler el duro sistema político…, peroque idealizó el empoderamiento de los gobiernos regionales, mismos que quedaron con las manos libres y las arcas llenas. Así que, en vez de la transición democráticaimaginada por la sociedad civil, se empoderóal sistema de partidosqueen el marco delnuevo federalismo facilitó en lo local la emergencia de las peores formas de ejercicio del poder político anterior (en vez de acumulación regional, acumulación personal). Justoen la coyunturapolítica en que las formas alternativas de gobernabilidad regionalpodíanhaber reinstalado la planeación territorial, regional y metropolitana sobre bases sustentables.La oportunidad existió.

miguel.gutierrez@hablemosdemetropolis.com

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