22 mayo 2019
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Roma: el fin de un periplo

Por Noé IXBALANQUÉ BAUTISTA. / marzo . 06, 2019.

Con los tres premios Oscar, uno a mejor película en lengua no inglesa, otro a mejor fotografía y otro a mejor dirección, la película Roma (México/EU, 2018) de Alfonso Cuarón termina prácticamente su periplo por festivales, por premios y por reconocimientos. Queda aún la entrega del Ariel que se realizará a mediados de este año para así finalizar este viaje donde comenzó: en casa.

Y termina este viaje haciendo historia para el cine mexicano y dejando a Alfonso Cuarón en el lugar privilegiado que su ser como artista ya tenía, pero aún lejos de las luces del mainstream. Pese a ello, son varias las voces y las plumas que han determinado que Roma está sobrevalorada y que no puede ser considerada como una obra maestra. Por ello es pertinente preguntarse por la obra de arte por el arte mismo y, en el caso del cine, su diferencia con el cine comercial.

Una serie de críticos de cine consultados por BBC News Mundo aseguran que Roma es “clasista, aburrida y sin trama”; por ello no la consideran una obra maestra cinematográfica. Tales calificativos obedecen a los criterios impuestos por la industria cultural dominante, que exige que todo producto audiovisual deba ser narrativo según su esquema —el de Field y de McKee— y además entretenido. Sin embargo una obra maestra puede poseer, o no, tales atributos. Esta relación no tiene vínculos con el arte y con la construcción de una obra maestra. El vínculo con el arte está en el sujeto que ha creado tal pieza, en donde la forma dominada es también el fondo manifestado desde la sensibilidad del sujeto creador. Es la expresión surgida desde el espíritu que, nos dice Ernst Cassirer, se forma simbólicamente en el objeto creado. He aquí la clave para apreciar a Roma.

La obra de arte nace de la subjetividad del artista para reconocerse como el ser que se iguala, desde su individualidad, al ser humano universal. Ello llevó a Cuarón no sólo a narrar sus recuerdos y reconocer la importancia en su vida de las dos mujeres que lo criaron, sino a exponer ello en las texturas visuales y sonoras que permiten múltiples lecturas a partir de experiencias estéticas avasalladoras. En eso estriba la originalidad de todo arte.

Cada secuencia de la película es una parte de un gran mural que expone, no narra, esa universalidad humana en la particularidad del contexto y sus personajes, surgidos de espíritu de Cuarón. Sus imágenes poseen múltiples lecturas y múltiples niveles con relaciones a las aristas del tema y las expone en su montaje en este gran mural como si se tratase, por ejemplo, de Un domingo en la Alameda de Diego Rivera. Estas imágenes remiten a otros cineastas como Fellini, Tarkovsky, Kubrik o Bergman, creando una intertextualidad con su obra del todo interesante. Así, la memoria en Cuarón para la creación de esta cinta no es la particularidad suya solamente.

A partir de Gravity (EU, 2013) Alfonso Cuarón ha renunciado a un cine totalmente narrativo y busca ser expositivo; por ello las historias son sencillas aunque su conflicto no es evidente. Lo verdadero en el conflicto en su cine está en la vida misma ante la evidencia de la muerte (el contexto político o el temblor en Roma) y por lo tanto en la urgencia de sobrevivir y de dejar huella para la trascendencia de uno en el otro. De eso se trata  vivir. Así que la trama como recurso artificial en la narrativa comercial sale sobrando.

Tal vez para algunos críticos deberían dejar de ubicar a todo cine en un solo esquema, el de la industria cultural, y abrirse a otras lecturas. Tal vez así podrían reconocer una obra maestra cuando la tienen enfrente. Termina el periplo, pero Roma existirá más allá de la coyuntura o de sus circunstancias. Existirá por siempre pues es ya parte de la cinematografía mundial, del arte universal y de la humanidad toda.

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