26 mayo 2019
El Popular

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Quédate en casa (II)

Por Laura ÁLVAREZ. / diciembre . 12, 2018.

Siempre he pensado que la incertidumbre de perder a un perro no me dejaría vivir tranquila. Hace un par de semanas recibí un mensaje de una querida amiga: “Ayer se perdió Mía”. En seguida mi corazón se aceleró y empecé a buscar grupos de rescate en Facebook para compartir su foto. Mi amiga se preguntaba si Mía estaría resguardada de la lluvia, el frío; se angustiaba pensando si pasaba hambre o si alguna persona la había encontrado, si la estarían tratando bien. Su pequeño hijo también estaba desconsolado, había perdido a una de sus mejores amigas.

Después de un par de días recibió la llamada de un vecino. Su hermano había recogido a Mía. Afortunadamente se tocó el corazón y la regresó.

Papayo, el pequeño cachorro callejero que mi hija adoptó, enfermó del pulmón. En algún momento mostró mejoría pero un día todo empeoró. Ya no eran sus pulmones, ahora el estómago no respondía; dejó de comer y de tomar agua.

Teníamos muchos días cuidando al cachorro junto a Susi, su amorosa doctora. Una tarde fue a revisarlo y nos dijo: “tiene ojitos de que ya no quiere seguir”.  No voy a olvidar la suave voz de Marco a mitad de la madrugada: “Papayo ya se fue”. Me levanté dormida y miré hacia la puerta, por un momento pensé que se sentía mejor y se había levantado para salirse a la calle saltando la reja, como siempre lo hacía.

Han pasado los días y se quedaron a vivir frente a nuestra casa. Una noche nos trajeron, como ofrenda de gratitud, una tuza que recién habían cazado. Ahora cuidamos de ellas y ellas de nosotros.

Pienso que los que amamos a los perros hacemos cosas cotidianas por su bienestar sin pensar que podría tener la consecuencia contraria. Algunos, les quitamos el collar dentro de casa para que estén más cómodos, sin pensar que podrían salirse y perderse; les convidamos alimentos que son altamente perjudiciales para ellos. Nosotros decidimos adoptar a Papayo y su familia, cuidarlos, alimentarlos y dejarlos vivir afuera en su hábitat para que tuvieran la libertad de estar en ambos espacios y ser más libres, más felices.

Nunca sabremos si habrá comido algún animal de los que caza su mamá y la carne ya estaba en mal estado. Nuestra única pista es un enorme hueso que encontramos con el que vimos jugar al perrito.

Siento alivio y alegría porque Mía está de nuevo en casa. Siempre había pensado que la incertidumbre de perder a un perro no me dejaría vivir tranquila, pero ver morir a nuestro Papayo sin saber el motivo nos ha dejado el corazón lleno de incertidumbre y profunda tristeza.

*Agente perruna y diseñadora gráfica.

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