26 mayo 2019
El Popular

Invitado

Quédate en casa

Por Laura ÁLVAREZ. / noviembre . 28, 2018.

Una noche, cuando regresábamos a casa, vimos una pequeña silueta sentada afuera de nuestra reja. Se trataba de un cachorro, que parecía estar muy contento platicando con nuestros perros.

Le dimos asilo esa noche. Nuestra hija, muy emocionada, le dio de cenar y decidió llamarlo Pablo Papayo, como a su conejo de tela. Por la mañana escuchamos un suave llanto; salimos al patio y nos encontramos con una hermosa perra que buscaba al cachorro; regresamos a Papayo con su mamá. Al anochecer, nuevamente lo encontramos en la reja, le dimos asilo y en la mañana la mamá lo buscó. Así se repitió la historia algunos días.

Una mañana, afuera de nuestra casa, aparecieron cinco cachorros más. La mamá había decidido llevarlos a vivir en nuestra acera. Pasaron los días, los cachorros crecieron y los vecinos adoptaron a cuatro de los perritos. Siempre nos pedían al “cafecito de patas blancas”, pero respondíamos: “ese es nuestro”.

La relación entre Papayo, sus dos hermanos y su mamá es increíble. Son una manada muy unida, la madre y la hija mayor los cuidan, juegan, les enseñan a defender su territorio y a pesar de que ya tienen seis meses, su mamá los sigue amamantando y acicalando. Se aman profundamente.

Decidimos respetar su naturaleza libre, pensamos que lo mejor era que siguieran viviendo en su territorio, así que les pusimos una casa, agua y los alimentamos todos los días. Oficialmente, los adoptamos.

Papayo siempre ha sido amigable y cariñoso. Me encanta verlo saltar la reja, entrar y salir de la casa a la calle. A veces nos asomamos por la ventana y lo vemos con su mamá y sus hermanos caminando por el cerro, siempre juntos. Otras tantas, lo encontramos dormido plácidamente en el pasillo tomando el sol.

Esta semana algo cambió en Papayo. Dejó de comer, de tomar agua; en un par de días bajó drásticamente de peso. Sus pulmones están enfermos. Me pregunto si no hubiera sido mejor adoptarlo y separarlo de su familia, meterlo a casa, no dejarlo salir, que dejara de andar libre por el cerro.

Hoy lo llevé a consulta y estuvo todo el día canalizado. Nuevamente, como hace algunos meses, escuché un llanto afuera de la reja, era la mamá buscando a Papayo. La dejé pasar, se acercó a su hijo, lo olfateaba y lloraba, también quería estar con él. Tanto amor que sentimos por Papayo tiene que hacer el milagro de que mañana se levante a tomar el sol junto a su familia perruna; de correr feliz por la calle para recibir a su familia humana que tanto lo ama.aura

Te puede interesar