26 mayo 2019
El Popular

Invitado

El dolor de ayer y la belleza del ahora

Por Laura ÁLVAREZ. / noviembre . 14, 2018.

Una tarde, Marco recibió la llamada de una amiga pidiéndole hogar temporal para una perrita que recién habían rescatado en su fundación. La cachorra y sus hermanos fueron golpeados con palos y botellas por policías que resguardaban el Museo del Ferrocarril. Alguien llamó a la asociación para que rescataran a la familia de perros y así lo hicieron, pero estos quedaron afectados por haber sufrido violencia. La perrita ya había vivido en otras casas, pero mostraba hostilidad, desconfianza y miedo. Si Marco no la recibía, la sacrificarían. Algo pasó en el corazón de Marco que decidió llevarla a casa.

Para trasladarla tuvieron que sedarla, pues no soportaba el contacto con los humanos y tocarla era imposible. Aún dormida, la dejaron en la esquina de un pequeño patio. Cuando entré al patio, me recibió una perra aterrada que lloraba y se azotaba contra la pared. Decidimos llamarla Goya; su carita nos recordó el cuadro “Perro semihundido” del pintor tenebrista.

Entonces solo teníamos a Dalí. Al siguiente día, por la mañana, Dalí salió al patio y se quedó con Goya, ambas relajadas y disfrutando de su compañía. Desde ese día, pasaba horas en el patio con ellas. Descubrimos que Goya sólo comía y estaba tranquila si Dalí estaba a su lado.

Una tarde, Goya escapó de casa. Desesperada, fui por Dalí y le grité: “¡Mete a Goya!”. Con tranquilidad, se acercó y emprendieron el camino de regreso. Goya, nerviosa, la siguió hasta entrar a casa. Recuerdo la primera vez que acariciamos a Goya, se levantó angustiada y Dalí le cerró el paso y le ladraba, como diciéndole: “Calma, disfrútalo”.

En realidad, quien rehabilitó a Goya fue Dalí, gracias a su carácter dócil y amoroso. Para nosotros, cada cosa que hacía —que para otros perros es algo normal— significaba un triunfo: sentarse en nuestros pies, dejarse acariciar, tocar sus patas. Verla saltar alegre cuando llegan visitas a casa es algo que familia y amigos celebramos; su transformación ha sido maravillosa.

Han pasado ocho años desde que Goya llegó a la familia. La violencia que vivió dejó algunas secuelas en ella; sin embargo, ha hecho un enorme esfuerzo por dejar atrás su pasado. Perdonó a los humanos y es feliz en su presente.

Ahora, la veo acostada plácidamente en el sillón mientras nuestra hija la tapa y la arrulla. Goya y Dalí son el mejor ejemplo de que la amistad, la paciencia y la empatía curan corazones rotos. Siempre podemos dejar todo atrás, perdonar, y volver a empezar.

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