19 mayo 2019
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Nace una estrella: estrellas fugaces

Por Noé IXBALANQUÉ BAUTISTA. / octubre . 17, 2018.

El sueño americano ha sido revisado por el cine de Hollywood innumerables veces, la mayoría para hacer una apología propagandística del mismo, y pocas veces de manera crítica. Una de estas últimas ya va por su cuarta versión y, sin embargo, aún se queda en el camino cuestionar el discurso del éxito y sus consecuencias. Se trata de Nace una estrella (A Star Is Born, EU, 2018) con el que el actor Bradley Cooper se estrena como director, además de protagonizarla al lado de Lady Gaga.

La estrella de la música Jackson Maine (Bradley Cooper) al finalizar uno de sus exitosos conciertos masivos se detiene en cualquier bar para seguir bebiendo, pues él es alcohólico. En ese lugar de poca monta, una mesera le impresiona con su canto y su derroche de talento, ella es Ally (Lady Gaga). Jack invita a Ally un trago esa misma noche, la que será el inicio de un gran romance, y también el inicio del ascenso de una gran estrella del mundo del espectáculo. Ally, además de poseer una maravillosa voz y un gran talento en la interpretación, compone sus propias canciones. Así que Jack le invita a cantar con él en sus conciertos logrando un gran dueto hasta que un representante lleva a Ally por un meteórico camino al triunfo simbolizado en los premios Grammy. Jack no puede con eso: la sencilla mesera con una voz privilegiada es ahora una estrella más brillante que él, y su amor por ella es un lastre para la consagración definitiva de su propio descubrimiento. Su alcoholismo y la soledad que el éxito ha traído a su vida cotidiana, esa donde surge la verdad, se han incrementado con el éxito de Ally. ¿Qué hacer ante esa atroz realidad?

El discurso de éxito que ha acompañado ese proyecto de la modernidad que son los Estados Unidos, basado en la fama y en la fortuna, ha sido criticado en las cuatro versiones de Nace una estrella, y sin embargo, aunque cada versión se adapta a sus tiempos, ninguna ha conseguido verdaderamente poner el dedo en la llaga en este discurso.

En la primera versión de 1937, con Janet Gaynor y Fredric March, los personajes protagónicos son actores pues surge en pleno nacimiento de la era de oro del cine hollywoodense y sus primeras grandes estrellas adoradas por las masas. En la segunda versión, de 1954 con Judy Garland y James Mason en los roles protagónicos, también son actores, el mundo de las estrellas aún pertenece al cine. Para la tercera versión realizada en 1976 y protagonizada por Barbara Streisand y Kris Kristofferson, el rock ha invadido el escenario creando grandes estrellas adoradas por las masas haciendo a un lado a las de la pantalla grande, por ello ahora los personajes son músicos y cantantes. Cuarenta y dos años después el firmamento artificial de la industria cultural aún pertenece a la música masiva, pero también a los actores de Hollywood, por ello es necesario incluir a cada una de ellas: Lady Gaga, en un tête à tête con Bradley Cooper. Fuera de eso y de que el soundtrack es nuevo, lo cual era necesario, no hay mayores aportaciones en esta cuarta versión.

Las versiones previas de Nace una estrella le han dado a sus protagonistas premios Óscar y una gran taquilla a sus productores. Lo último ya es una realidad; sin embargo, no parece que Lady Gaga consiga una estatuilla de Academia por interpretarse a sí misma, pero en los caprichosos criterios de la industria cultural de Hollywood nada se puede adelantar.

Mientras el mundo ha cambiado desde 1937, versiones van y versiones vienen de esta cinta, pero el miedo a la franqueza y a hacer un verdadero autoanálisis se ha quedado sin evolucionar. Durante este periodo han nacido estrellas y han muerto también, instantáneamente, por el discurso del sueño americano. Son estrellas fugaces.

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