26 mayo 2019
El Popular

Invitado

Si lo ven, es blanco con manchas café

Por Laura ÁLVAREZ. / septiembre . 19, 2018.

 

Lo mejor es venir siempre a la misma hora —dijo el zorro—. Si sé que vienes a las cuatro de la tarde, comenzaré a estar feliz desde las tres.

 

El Principito

Hace un año llegamos a vivir a un lugar que consideramos un paraíso. Desde nuestro pequeño cerro podemos admirar la ciudad; las noches son frías, estrelladas, y siempre están acompañadas por los cantos de los perros.

Lo primero que nos llamó la atención fue ver tantas jaurías. Cada una vive en su espacio del cerro. Los perros reconocen a sus líderes, cuidan a las familias, la mayoría de los vecinos los alimentan y, a su modo, los cuidan. Casi todos los perros tienen casa, y los que no, son los más débiles de las manadas, los más flacos y los más tímidos.

Cuando ubicamos a la jauría que vive en nuestra calle decidimos empezar a alimentar a los más débiles: Brisa y sus cachorros, Ojitos y Nenita. Una tarde llegó un perro que no había visto antes; con mucha confianza se acercó a mí y pude darle una torta con mi mano. Él la tomó, la abrazó entre sus patas y la comió. Marco se acercó y le dio pequeñas palmadas en la cabeza; el perro lloraba de alegría. Así conocimos a Güero. Él era más feliz cuando lo acariciábamos que cuando comía. Mi Güero me partía el corazón, pero lo remendaba con su cariño.

Cada tarde llegaba a la casa y ladraba para que saliéramos a saludarlo. Poco a poco me fue domesticando y cuando era hora y no llegaba a cenar, yo salía a su encuentro.

Acordamos con Susi, nuestra amiga veterinaria, que lo revisaría para vacunarlo y empezar a buscarle una familia. No puedo integrar un nuevo perro a mi manada sin que antes lo revise un médico. Una tarde Güero empezó a verse muy triste, no quiso comer y su mirada había cambiado. Pasaron los días y no lo encontraba por ninguna parte.

Hace un par de noches salí a buscarlo y, para mi sorpresa, estaba recostado en el pasto. Me acerqué y lo saludé como siempre. Le di su atún, pero no lo comió. Le recordé cuánto lo quería y que lo esperaba con mucho cariño cada tarde, como antes. A lo lejos podía ver su sombra mirando hacia la casa. Así estuvo un largo rato, mirándome desde la oscuridad.

Desde esa noche no lo he vuelto a ver. Lo he buscado, pero nadie sabe de él. Pienso que mi Güero estaba enfermo y no supe verlo. Siento que murió, porque los perros no abandonan a sus manadas. Brisa, Ojitos y Nenita siguen juntos, pero él ya no los acompaña. Ahora entiendo que esa noche vino a despedirse.

Cada tarde saldré a buscarlo con la convicción de llevarlo a casa. Si no lo encuentro, alguien en algún lado, en algún espacio, dígale cuánto lo quiero y que lo siento mucho.

Te puede interesar