24 junio 2019
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Alfa: licencias para creer

Por Noé IXBALANQUÉ BAUTISTA. / septiembre . 12, 2018.

Una licencia poética es la libertad que se toma un creador para omitir una regla o una verdad en la construcción de una obra para dar un sentido inherente a sí misma. El director Albert Hughes se ha tomado diversas licencias poéticas para la creación de su película Alfa (Alpha, EU, 2018), especialmente históricas, para plantear una romántica hipótesis sobre la domesticación de los animales, los perros en específico; que significó el inicio de los primeros asentamientos humanos y de las civilizaciones como consecuencia.

Hughes nos narra la historia de Keda (Kodi Smit-McPhee), el joven hijo del jefe de una tribu nómada quien, en el norte de la Europa de hace veinte mil años, alcanza la madurez necesaria para ser cazador. Cazar significaba estar semanas lejos de la tribu y con altas posibilidades de morir. Durante la caza del bisonte, Keda es tomado como muerto, ante el dolor de su padre y la impotencia de los cazadores de la tribu, que abandonan su cuerpo. Sin embargo él logra sobrevivir para emprender el peligroso y largo camino de regreso a casa. Es durante esa epopeya que las circunstancias unen a Keda con Alfa, un lobo que se convierte, por mutua necesidad de supervivencia, en su compañero. De esta manera, la relación entre humano y lobo nace por la coincidencia estructural de tribu y manada, por mutua conveniencia.

Si bien investigadores y pensadores como Ernest Cassirer han llegado a la conclusión de que el ser humano logró sobrevivir y separarse de los animales al desarrollar la capacidad simbólica con el lenguaje, y con ello también la comunicación, fue la domesticación de los animales y las plantas las que permitieron los asentamientos y el desarrollo de la cultura para la formación de civilizaciones. Albert Hughes toma este principio para la creación de su primer largometraje en solitario y se suma a la tendencia de la humanización de los animales para plantear una hipótesis romántica de tal principio.

Keda es diferente a los hombres de su tribu. Son sus sentimientos de amor y compasión los que, según Hughes, logran domesticar a un lobo que también resulta sensible al espíritu noble de Keda. Es en este tópico donde radica la primera licencia poética de esta película. Esta relación humanizante de los animales es reciente y si bien existen elementos para decir que no es la primera ni la única, es difícil que en las condiciones extremas del norte de Europa durante la Edad de Piedra haya surgido una relación de esta naturaleza.

Otra licencia poética, o al menos eso suponemos, es el propio título de la película que refiere a nombre que la ciencia ha dado para referirse al líder de una manada. Alfa es la primera letra del alfabeto griego, lengua que se creó alrededor del siglo IX A.C., es decir, unos 17 mil años después de la épica que nos narra Albert Hughes. Así que no era posible la tribu de la película conociera tal palabra y mucho menos en referencia al líder de las manadas. El lenguaje que emplean los personajes también resulta demasiado contemporáneo, lo mismo que algunos de sus aspectos físicos.

Sin embargo, pese a todas esas imprecisiones, que suponemos son licencias poéticas y no resultado de una pobre investigación e ignorancia al respecto, la película tiene tanto una buena factura como una buena progresión dramática. Pero no por ello debe tomarse como una película histórica, es simplemente la realización de una idea romántica sobre la importancia de la relación entre hombre y animal con la que fue posible la existencia de las civilizaciones. Son licencias para crear una historia acorde con la actual interpretación del mundo. Son licencias para creer.

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