23 julio 2019
El Popular

Metrópolis

La Luz,barrio viejo

Por José Miguel GUTIÉRREZ Y HERRERA. / septiembre . 10, 2018.

Restituir la vida de barrio si está dañada, o protegerla si mal existe, son principios sinceros parael ejercicio urbanístico del “hacer ciudad”, pero no son ideales modernos, ni mucho menos generados por la Unesco; más bien son antiquísimos, talescomo las disposiciones virreinales para protegera los barrios indígenasde los excesos de “los derechos de conquista”; es decir, de la actitud encomenderaarraigada en los primeros colonos; o de ejemplos más recientes como la atención municipal a barrios, desde los años 40 a los 60 del siglo pasado, traducida en mejoras para la salud pública, dado que por entonces los barrios antiguos de la ciudad mantenían vida activa:industria, mercados populares, oficios y artesanías, escuelas primarias y agua potable,aunquetambién es cierto que la luz eléctrica escaseaba en las calles y que las cantinas esquineras abundaban;si bienla delincuencia era escasa. Algunas acciones municipales eran monumentales como el alumbrado público instaurado en 1962, relativo a la Feria del Centenario del 5 de mayo, otras eran muy modestas; empero la perspectiva del ayuntamiento era clara, en parte porque los regidores obreros, por supuesto corporativizados al PRI, terminaban adquiriendo dominio de su tema, pues eran casi eternos en sus puestos, a pesar de la muy bajapaga.

Hoy algunos barrios viejos viven su decadencia penosa ligada al derrumbe de la actividad textil que antes los enalteció y hasta los empoderó. Santa Anita, San Pablito, San Antonio, San Miguelito, La Luz yEl Parralson ejemplos tristes.El Alto, Analco y La Luzque habían retardado su caída, cedieron terreno, tasajeados por la picota de “las políticas urbanas”del gobierno estatal en turno, que, por supuesto, depolíticas públicas no tenían nada.

La Luz, por ejemplo, perdió su centro de barrio tradicional, el cualhistóricamente se formó alrededor del templo religioso. Desaparecieron con la expropiación, la botica de su contraesquina, la tlapalería y la petrolería de los Torres, incluso la de su competencia: del señor Benítez; también las famosas tortas de La Herradura y la peluquería de don Polo. La frutería y la tienda de abarrotes. La carbonería y la cantina de doña Esperancita Rojano, también desaparecieron las vecindades. Se perdió gente y con ello la cohesión social que dabala vida en vecindad.Cayeron las tiendas de La Gitana y de doña Rosa entre laAcocota y la 14 Norte, también laescuela Federica M. Bonilla;sobreviven la Rosaura Zapata y los Baños de La Luz, así como dos edificios multifamiliares cuyos reductos fueron convertidos en oficinas públicas.

Las ruidosas cantinas, la pulqueríaLa Morena. Murió lanocturnidad. La panificadora bajando hacia Analco para ir al centro escolar. La atolería.El mercado Carmen Serdán o de la barranca.La señora costurera Dora, con su hijitaOlga, secretaria,liberaday enfurruñada.Las fiestas de la virgen con peleas de box…juegos…y rentoy…,al costado oriental de “La Violeta”, también en la 14, hoy gran espacio muerto.

Del barrio de El Alto, ni se diga. Reparto de casas entre políticos de la vieja escuela. Y de la no tan nueva, como la de su gobierno de nueva (de)generación de hace una década, a cuyo colmo de corrupción sumara el colmo de ineficiencia…, puesto que, en los proyectos público-privados, lo público fue tratado como asunto privado. ¡La cosa nostra!, pues. Tal es el horrible adefesio exteriorque cubre el Centro Comercial San Francisco…, reserva dilapidada para espacio cultural.

Barrio viejo.Vida en vecindad… muchachas en bici, señoras de la esquina agarradas de la greña.El malevaje y riñas a cuchillocontra las pandillas de “ElAlto” o los “zurdos” del barrio de los Remedios.

miguel.gutierrez@hablemosdemetropolis.com

 

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