22 mayo 2019
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Ana y Bruno: animación desanimada

Por Noé IXBALANQUÉ BAUTISTA. / septiembre . 05, 2018.

Han pasado más de veinte años desde que el mexicano Carlos Carrera ganara la Palma de Oro al mejor cortometraje en el Festival de Cannes con El héroe, animación en 2D que retrata el desánimo de vivir en la sociedad actual. Ahora Carrera, regresa a la pantalla grande con otra historia animada, esta vez en 3D, con Ana y Bruno (México, 2017) basada en la novela homónima de Daniel Emil y con regulares resultados.

Ana (voz de Galia Mayer) y su mamá (voz de Marina de Tavira) llegan a una enorme y extraña mansión con huéspedes. Es una casa de descanso y parece ser una linda vacación a la orilla del mar para Ana y su mamá. Sin embargo, en el tercer piso de ese edificio ocurren cosas que Ana no debe saber. Pese a la restricción, una noche Ana llega a ese piso buscando a su perrito, pero se topará con una serie de extraños seres, comenzando por un hombrecillo verde llamado Bruno (voz de Silverio Palacios). Junto con todos ellos, Ana combatirá a un monstruo de fuego que amenaza a su mamá y también vivirán una loca aventura en busca de su padre (voz de Damián Alcázar) para reunirse nuevamente los tres, como la familia que son.

Ana y Bruno se presenta con muchas debilidades técnicas tanto en la animación como en el diseño sonoro, resultado de un presupuesto insuficiente, pese a que en su campaña publicitaria se ha etiquetado a este largometraje como la animación mexicana más cara de la historia. Se comprende que los enormes recursos necesarios para crear animaciones en 3D del nivel de los grandes estudios hollywoodenses difícilmente se lograrán en países como el nuestro y los 104 millones de pesos, casi 5 millones y medio de dólares, resultan poco si los comparamos con, por ejemplo, los 175 millones de dólares que costó realizar Coco (Estados Unidos, 2017), una diferencia de 170 millones de dólares.

Estas debilidades técnicas van en demérito de los personajes, de la historia y de su tema. El amor como la amalgama para la familia que otorga sentido de vida y que, por extensión crea la solidaridad social, esa intersubjetividad trabajada por Schütz, se diluye indeseablemente por esos detalles. El guión que adapta la novela es sólido, pero la puesta en escena le quita la fluidez necesaria para erigirse como una historia que genere una gran experiencia estética en el público, especialmente infantil.

La dirección resulta también regular, a pesar de que Carlos Carrera es uno de los mejores directores de su generación. Pero no es lo mismo dirigir para un público adulto que para uno infantil. Las formas cambian, pero no el fondo; no se puede profundizar si la forma lo impide. La estética visual, semejante a El héroe, que propone atmósferas depresivas, sin brillo y con tonos grisáceos, no resulta del todo ideal para el público infantil.

Quizá Ana y Bruno sea la película mexicana de animación más cara de la historia, pero aún nos falta mucho para competir en este campo, especialmente en relación con la inversión financiera, pues tenemos talento e historias. Algo que debemos rescatar, y en eso radica el valor de esta película, es el abordaje del tema del amor de familia, eso que los mexicanos traemos en nuestro ser y que proyectamos en nuestras ilusiones pero también en esas alucinaciones. Y sin embargo, pese al esfuerzo, aún es una animación desanimada.

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