21 mayo 2019
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Christopher Robin: hacer nada

Por Noé IXBALANQUÉ BAUTISTA. / agosto . 29, 2018.

Uno de los ejes de comercio de la industria cultural es la nostalgia. Recuperar personajes que en la infancia de los que hoy son adultos participaron de la narrativa constructora de su idea de la realidad como estrategia, está resultando efectiva.

Dentro de este eje, la empresa Disney recupera personajes presentados en la década de los 60 del siglo pasado en su reciente largometraje Christopher Robin: un reencuentro inolvidable (EU, 2018) dirigida por Marc Forster (Bavaria, Alemania, 1969) y protagonizada por Ewan McGregor.

En la Inglaterra de la interguerra, Christopher Robin (Ewan McGregor) es ya un hombre adulto con una familia: su hija Madeline (Bronte Carmichael) de unos diez años y Evelyn (Hayley Atwell) su esposa.

 Christopher Robin es el responsable del departamento de eficiencia de una empresa de equipaje que, presionado por el hijo del dueño, debe reducir costos y aumentar la eficiencia con la consiga de despedir empleados.

Absorbido totalmente por el trabajo, Christopher Robin casi nunca tiene tiempo para estar con su familia y los pocos momentos en que está con su hija es para planear fríamente su futuro en un internado y exigirle las mejores notas escolares.

Algo similar sucede en su relación con su esposa, y ello está comenzando a fragmentar a la familia.

Esto comienza a cambiar cuando regresa a su vida Winnie The Poo, su amigo de la infancia, quién ha perdido a todos sus amigos y desea que Christopher Robin le ayude a encontrarles. Regresar al bosque de los Cien Acres será, para Christopher Robin, recuperar la esencia de su vida.

Basado en los personajes creados por el escritor británico Alan Alexander Milne en la segunda década del siglo XX, Forster, experimentado director alemán, cuestiona la vida adulta en la sociedad capitalista cuya dinámica económica y laboral alejan a las personas del verdadero sentido de vida y con ello de su humanidad. Interesante reflexión que resulta irónica cuando viene de una de las empresas trasnacionales más poderosas.

La inocencia y la gran capacidad imaginativa propia de la infancia están más cercanas a la naturaleza humana que la racionalidad y el realismo de la mirada economicista propia de los adultos de la sociedad industrial.

 En la medida que las personas se introducen activamente a la dinámica de esta sociedad, en esa medida se alejan de la naturaleza humana con resultados deprimentes. La persona pierde el camino y con ello la trascendencia, es lo que Marx llamó alienación.

Y la clave para que el adulto alienado recupere el sentido de vida es regresar a la inocencia y a la imaginación; y el método para ello está basado en el que propusieron los Estoicos en la antigua Grecia: hacer nada para que el camino se recupere y con ello el sentido de vida. Es la fuerza de la contemplación.

Aunque la película abarca el mercado infantil, esta interesante reflexión se dirige a los adultos. Los personajes clásicos y sus ocurrencias hacen disfrutar a los niños de la historia pero la premisa es para sus padres.

Por ello, la estética que presenta Forster es una paleta de colores de bajo tono y sin brillo, opuesto a la paleta original; la textura de los muñecos presenta el desgaste propio del uso y del tiempo que se inserta en esa estética de forma lógica.

El director bávaro intenta reforzar con ello la pérdida de sentido de vida en el adulto. Mientras más nos preocupamos por ganar dinero y pagar las deudas para tener “calidad de vida” la percepción del panorama se torna más gris.

Una historia, unos personajes y una estética que provocan sensaciones de nostálgica tristeza en busca del camino a algún lugar, y es ahí, en “algún lugar” donde estará la luz del mundo de color que perdimos al convertimos en adultos. Basta para ello hacer nada.

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