19 mayo 2019
El Popular

La Moviola

Ya veremos: promesas incumplidas

Por Noé IXBALANQUÉ BAUTISTA. / agosto . 22, 2018.

Resulta raro ver que el cine mexicano aborde una situación cada vez más cotidiana y sin embargo poco tratada: los hijos como víctimas del divorcio, especialmente si de menores se trata. Es por ello que la cinta Ya veremos (México, 2018) dirigida por Pitipol Ybarra (Pedro Pablo Ibarra) e interpretada por Mauricio Ochmann y Fernanda Castillo resulta atractiva. Sin embargo se queda a medio camino. Es una promesa incumplida.

Santi (Emiliano Aramayo) a sus once años tiene una vida dividida entre Alejandra (Fernanda Castillo) su madre a punto de casarse por segunda vez, ahora con uno de los hombres más acaudalados de México, y Rodrigo (Mauricio Ochmann) un ginecólogo que dedica su tiempo más a sus pacientes que a su familia. El egoísmo de los padres de Santi no sólo terminó con su familia, sino que además continúan las discusiones culpándose mutuamente del fracaso enfrente de su hijo y sin mirarlo siquiera. Y Santi tampoco mirará, pues descubren que está perdiendo la vista. Ahora él tiene un mes antes de una operación que podría frenar el glaucoma que le ataca, así que realiza una lista de cosas que le gustaría hacer y ver antes de quedarse ciego. Experiencias que desea tener junto con su papá y mamá, como su aún fuesen esa familia que Santi añora.

El tema es lo bastante sólido como para hacer una gran película. La premisa lo es también: no hay mayor ceguera que el egoísmo. Es la interacción cotidiana que construye al mundo y parte de la conciencia del otro, pero el egoísmo no permite ver ello. Sin embargo este filme tiene un trabajo más bien mediocre, lo que hace que tanto ese núcleo como esa premisa se queden en buenas intenciones. En tan sólo una anécdota.

El desarrollo del guión es flojo, el melodrama recurre a clichés y no teje una sólida historia humana desde el inicio. Y hay una razón: los personajes son superficiales. Definitivamente ellos no tienen los motivos suficientes para construir la historia ni su historia. No queda clara la causa del divorcio ni del matrimonio de la pareja. No queda claro el objetivo de Rodrigo como padre, como profesionista ni como exmarido/marido. Tampoco queda claro eso en Alejandra. Es decir el guión recurre al estereotipo de la pareja divorciada propio de producciones de la televisión mexicana industrial.

Pero aún con ese guión sin explotar al máximo el tema y su premisa, se podría hacer una película que trascienda algo más que la taquilla, sin embargo lo que termina por dejarla en anécdota es la dirección, bastante floja y cómoda, sin correr un sólo riesgo. Ello se percibe de entrada en la actuación de los tres personajes principales, que se sienten sin espíritu ni un trabajo histriónico intenso que permitan a los actores proyectar a sus personajes más allá de la pantalla y tocar al espectador. Eso es lo que hace un buen actor, pero precisa de un buen director para ello. No lo hubo en este caso. El trabajo de los actores de este filme se queda en la cómoda e irrelevante actuación para televisión mexicana industrial.

En el mismo nivel está la producción, bajo presupuesto para su realización en busca de la taquilla. Esta película se queda en el “ya veremos” y renuncia a mostrar un problema presente en la actual sociedad mexicana que no sólo está fragmentando a las familias y a la sociedad por extensión, sino debilitando el futuro de la infancia y con ello, también por extensión, de la sociedad. Es una cinta tocada por la mercadotecnia de Televisa y, por extensión, por su mediocridad. Promesas incumplidas, lástima.

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