19 septiembre 2018
El Popular

Invitado

Democracia e indignación

Por Silvino VERGARA. / julio . 10, 2018.

 

 

El objetivo de la política es conseguir

que la voluntad popular sea la última palabra,

pero no la única, que el juicio de

los expertos se tenga en cuenta

Daniel Innerarity

 

En la actualidad el Estado no tiene todo el poder en un determinado territorio, es decir, no cuenta con el poder absoluto que se requiere para regular a la población. Esto es, en parte, porque debe sujetarse a las leyes para que ese poder no se desborde contra la propia población. No obstante, aun conforme a las leyes y su competencia, se demuestra impotente en muchas de las ocasiones para resolver los problemas que se le presentan, se ha visto rebasado en los problemas que debe afrontar y, por ello, para la generalidad, para la propia población, se muestra débil en sus instituciones. Al respecto sostiene el profesor español Daniel Innerarity: “El poder político ha sido muchas veces excesivo, arbitrario e incluso despótico, pero ahora se estrena en una situación de debilidad y desconcierto a la que no estaba acostumbrado” (Innerarity, Daniel. La política en tiempos de indignación. Barcelona: Galaxia Gutemberg, 2018).

Para afrontar esa problemática, se ha dado paso a la creencia de que se requiere de mayor especialidad para gobernar. Por tanto, en los últimos años, en el mundo, lejos de observar Estados democráticos, nos encontramos con la denominada tecnocracia, que consiste en que el gobierno esté a cargo de personas versadas técnica y científicamente para gobernar, es decir, para tomar desde la ciencia las mejores decisiones. Esto ocasiona, no obstante, que se polarice actualmente, por un lado, la democracia y, por el otro, la tecnocracia; donde, en la primera, hay olvido de la ciencia y el apego es hacia el sentimiento del pueblo para tomar las decisiones pertinentes. Pues bien, después de muchos años en que se ha considerado que México es gobernado por la tecnocracia, el resultado en las elecciones del pasado 1 de julio de 2018 es muestra de la indignación de la población respecto a la experiencia de la tecnocracia y sus políticas públicas que ha implementado. También es muestra de indignación por el alejamiento que se presentó entre los gobernados y los gobernantes tecnócratas, signo distintivo en muchos países del mundo. Por lo que esta pudiera ser, en parte, algunas de las razones por las cuales el resultado de las elecciones federales fue el que todos conocemos, es decir, la contrapropuesta a la tecnocracia.

Desde luego, de la democracia no debe perderse de vista la sentencia del profesor español Daniel Innerarity respecto a las elecciones: “Nos jugamos demasiado como para confiarlo todo a que nuestros gobernantes sean competentes y buenas personas, no podemos jugar a la ruleta rusa de que estos sean ejemplares y tengan propiedades extraordinarias. La democracia está para que cualquiera pueda gobernarnos, lo que implica que nuestro esfuerzo se dirija hacia los procedimientos y reglas a los que nuestros dirigentes tienen que atenerse, y no tanto al casting político” (Innerarity, Daniel. Política para perplejos. Barcelona: Galaxia Gutemberg, 2018) Y esto es por lo que hay que luchar como ciudadanos: mejorar nuestros sistemas democráticos; pues muchos de nosotros, el pasado domingo 1 de julio de 2018, nos enfrentamos en las urnas con nombres de candidatos que no conocemos, que, ante tantas boletas electorales, muchos de los candidatos pasaron desapercibidos y de los cuales no conocíamos sus propuestas, menos aún su historial. Entonces, pareciera que, finalmente, el voto fue por la indignación hacia los gobiernos tecnócratas.

Así, corresponde analizar si es ideal para la democracia que la población acuda a las elecciones el mismo día para elegir a los que ostentaran tantos cargos públicos, pues, con la experiencia actual, puede darse el caso de que muchos de los candidatos se cubran o se respalden de algunos otros pocos candidatos para ser elegidos. Por ello, al final no conoceremos por qué personas votamos ni —lo que es más preocupante— sabremos qué esperamos de su desempeño en los cargos públicos que ostentarán. Pues bien, pareciera que los sistemas democráticos son inacabables y que solamente la experiencia de lo que sucede en la realidad es lo que permitirá ir modificándolos para lograr un mayor perfeccionamiento en miras al ideal Estado Constitucional Democrático de Derecho.

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