19 mayo 2019
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Avengers: infinita inmadurez

Por Noé IXBALANQUÉ BAUTISTA. / mayo . 11, 2018.

La narrativa fantástica ha tenido, desde su origen, el objetivo de mostrar la realidad a mentes inmaduras para ayudarles a construir, a partir de su capacidad de imaginación, una idea del mundo que les espera. Así, esta narrativa se ha dirige a niños, y para ello emplea usualmente recursos atractivos para la mente infantil como personajes y mundos increíbles presentados en dibujos. De esta forma, las mentes infantiles son preparadas para el mundo adulto… al menos eso fue en el pasado. Hollywood, la industria cultural más importante e influyente del planeta, ha convertido a la narrativa fantástica en un inmenso negocio además de lograr los objetivos sistémicos de control que Max Horkheimer y Theodor Adorno plantean y que Aldous Huxley vaticinara en su novela Un mundo feliz. Y eso es exactamente lo que hay en las entrañas de la película más taquillera de Marvel, la compañía de superhéroes, Avengers: Infinity War (EU, 2018) dirigida por los hermanos Anthony y Joe Russo.

Esta cinta plantea, como parte de la saga de superhéroes de Marvel, la presencia de Thanos (Josh Brolin) una especie de tirano que busca seis gemas que fueron creadas durante el origen del universo que otorgan a aquél que las posea un poder infinito. Con ellas Thanos planea destruir la mitad del universo para crear “estabilidad”. Por supuesto, el ejército de superhéroes encabezados por Iron Man (Robert Downey Jr.), Thor (Chris Hemsworth) y Capitán América (Chris Evans), está para impedir eso. Y así, toda película se va de batalla en batalla para lucir los poderes y especialmente los efectos especiales.

Totalmente vacía y banal, esta cinta ha acaparado la atención de los fanáticos, que fieles a la característica de consumir irreflexivamente cualquier producto de la industria cultural y han abarrotado las salas de cine dando el récord de taquilla en su primera semana de exhibición. Si bien la película tiene los valores de producción destacables para satisfacer el voraz apetito de los fanáticos y entregarles un producto de calidad, lamentablemente sólo está en la dimensión estetizadora de la película. Los hermanos Russo no dejan clara una lectura más allá de la épica forzada y sin sentido que también está planteada en los cómics respectivos. La mayoría de los escenarios fuera de la Tierra se suma a la tendencia de adoración idealizada de la cultura medieval de este tipo de cine. Sobra decir que el guion es complicado, pero nada complejo y sin profundidad alguna, con escenas y secuencias que no aportan nada a la trama, pero si a la mente irreflexiva del fanático. Tal es la característica usual de los guiones de este tipo de cine chatarra.

Lo único que llama la atención es el deliberado ocultamiento del discurso nacionalista norteamericano que caracteriza a esta narrativa y a sus superhéroes como la apología de tal discurso. Específicamente se nota en la eliminación de los colores nacionales de los Estados Unidos del traje del Capitán América y dejar la estrella —uno de los símbolos norteamericanos que aparece en su bandera— casi imperceptible, además de que en los diálogos se refieren a él como “capitán” o como “Steve Rogers” pero omiten siempre la palabra “América”. Una posible explicación de ello es la abierta política de Hollywood en contra del discurso patriotero de Donald Trump como argumento para la discriminación de migrantes. Baste recordar que la industria cultural hollywoodense fue creada por migrantes judíos y que en la reciente entrega de premios Óscar se reconoció ampliamente a un mexicano y a su película que hace una metáfora de la migración y del trato inhumano por parte de la clase dominante norteamericana.

Más allá de especulaciones, lo cierto es que Avengers: Infinity War es una película con una narrativa fantástica que lejos de preparar a las mentes inmaduras, las mantiene en su inmadurez para dejar que sean ahora los mayores, ya no los niños, los ávidos consumidores de estas narrativas por medio del entretenimiento y el placer y distraerles de la realidad y de su realidad, esa que se llama adultez. Huxley tuvo razón.

 

 

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