21 julio 2019
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El hilo invisible: un roto para un descosido

Por Noé IXBALANQUÉ BAUTISTA. / febrero . 28, 2018.

Siempre hay un roto para un descosido”, es algo que las abuelas solían decir, producto de esa sabiduría que la experiencia les regaló, dicho que se aplica con increíble precisión a la película norteamericana El hilo invisible (PhantomThread, 2017) de uno de los directores más ácidos y críticos en la escena del cine estadounidense: Paul Thomas Anderson. Con esta cinta Daniel Day-Lewis, quizá uno de los mejores actores de su generación, se despide de la vida profesional y lo hice de la mejor manera, en mancuerna garantizada con Anderson como lo fue en Petróleo sangriento (ThereWill Be Blood, EU, 2007)

Es Londres en la década de los 50 del siglo pasado, el reconocido, ideático, exigente, meticuloso y soltero empedernido genio de la alta costura Reynolds Woodcock (Daniel Day-Lewis) ha terminado con su pareja en turno, una mujer que le ama pero no sabe cómo hacerlo y a él no le importa en absoluto. Woodcock se encarga de vestir a las mujeres de la alta sociedad europea que incluye a la nobleza. Sin embargo su trabajo es más arte que diseño de modas, producto de su genialidad, misma que es el centro de su obsesivo ser. La única mujer realmente importante para él es su hermana Cyril (LesleyManville) quien se encarga de controlar la casa de modas Woodcock y de mantener intocable la rutina de talentoso hermano. Por ello a Reynolds no le interesan las relaciones sólidas ni duraderas… hasta que llega Alma (Vicky Krieps), una modesta camarera de un mesón de alguna villa inglesa. Recelosa, rebelde y decidida, Alma se convierte en la modelo, musa y pareja de Woodcock hasta que él precisa de ella para crear finalmente una relación definida pero atípica, la propia de dos genios.

Paul Thomas Anderson explora la naturaleza del amor, ese complejo y misterioso sentimiento que nos ata uno con otro y que puede dar sentido a nuestro ser o destruirle, o ambas cosas, en una existencia de mutua dependencia/rechazo, como en una irreconciliable dualidad. Con perfección el director californiano hilvana los retazos que los personajes van desprendiendo a lo largo de su desarrollo inclusive desagarrándose su propio ser para revelar la textura de su verdad y con ello crear una magnífica pieza sobre el amor. Sin enamoramiento, sin melodramas ni codependencias enfermizas, Alma y Reynolds construyen una relación más allá de la satisfacción de sus inquietudes personales, uno es la pregunta y la respuesta al otro. La genuina obsesión del artista por la perfección en esa búsqueda trascendental de la belleza en su obra es también la genuina obsesión de la mujer por ser-con-él y no ser de él, de ser sujeto a partir de él y con él; y no sólo su objeto. Para ello él ahora debe ser objeto del deseo de ella. Ahora él debe ser de ella para luego ser-con-ella. Ahora él debe convertirse en la creación de ella, tal y como lo son los vestidos de Reynolds. Una relación de se mueve intermitente entre el masoquismo, complejo de Edipo, la ternura y la comprensión, componentes extremos del amor trascendental. “Reynolds ha convertido mis sueños en realidad” le dice Alma al médico que atiende a Reynolds, “A cambio yo le he dado a él lo que más desea”, “¿Y qué eso?” pregunta el médico, “Cada pedazo de mí” le responde.

Tal vez no exista algo más complejo que el amor. Muchas veces, además, lo complicamos y por ello huimos de él sin comprenderle. Las complicaciones pueden ser esas posibilidades para estar en la complejidad del amor y encontrase a sí mismo en el otro y en eso que llamamos nosotros. En el amor no hay moldes prefabricados, requisitos ni determinismos sociales, hay, solamente, dos almas que hilvanan sus pedazos de ser entre sí para crear algo que no existía antes. En el amor siempre hay roto para un descosido, como decían las abuelas.

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