19 julio 2019
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Lady Bird: selfie millennial

Por Noé IXBALANQUÉ BAUTISTA. / febrero . 25, 2018.

Si nos dejamos llevar por la trampa de nombrar a las generaciones y con ello otorgarles características para diferenciarles, entonces Lady Bird (Greta Gerwig, EU, 2017) es película sobre una adolescente millennial. Cinco nominaciones al premio Óscar, entre ellas a la mejor película del 2017, parece confirmar que el cine independiente tiene mucho más qué decir sin precisar de los enormes presupuestos del cine industrial. El cine independiente está ocupando un lugar propio como la narrativa que retrata, interpreta y reflexiona su tiempo y de su cultura, narrativa que no ofrece Hollywood. En este caso, Lady Bird es el retrato de una generación de corte casi autobiográfico que nos cuestiona si realmente los millennials son tan superficiales y ególatras como se dice.

Ubicada en la rutinaria y poco trascedente ciudad de Sacramento, California, entre los años 2002 y 2003, Christine McPherson (Saoirse Ronan) está a punto de dejar el High School para ingresar a la universidad. Pero también es esa adolescente que no sabe con exactitud lo que quiere de la vida: no quiere que la llamen por su nombre, sino Lady Bird, el apelativo que ella misma seleccionó. No soporta que su madre (Laurie Metcalf), una psiquiatra de clase media que debe laborar doble turno para asacar adelante a su familia, intervenga en su vida y sin embargo le ama demasiado. Ama a su padre (Tracy Letts), un desempleado que sufre de depresión clínica pero que no participa en las decisiones importantes de la familia. Y pelea con su hermano (JordanRodrigues), un joven empleado de súper que aún vive con sus padres y que está todo el tiempo con la novia. Lady Bird también, como es tradición entre los adolescentes norteamericanos, debe tener su primera relación sexual. Para ello se hace novia consecutiva de un par de jóvenes pero la experiencia está lejana a lo que el imaginario colectivo le construyó. Lady Bird es una millennial que quiere aparentar ser lo que no es, y sin embargo está decidida a construir su destino… y lo logra cuando ella se reconoce como Christine y ya no como Lady Bird, lejos de Sacramento.

Lady Bird es prácticamente la ópera prima de Greta Gerwig, talentosa actriz que ya había codirigido con Joe Swanberg el largometraje Nights and Weekends (EU, 2008) y en Lady Bird se basa en su propia experiencia en Sacramento, su ciudad natal, para escribir y dirigir la historia de una adolescente millennial, la que tal vez fue ella misma. En esta cinta se puede percibir la gran química entre Gerwig y Ronan, la misma que podemos sentir que hubo en su momento entre Federico Fellini y Marcello Mastroianni o entre Emilio El Indio Fernández y Pedro Armendáriz; es decir, que Saoirse Ronan se erige como el alter ego de Greta Gerwig para la reflexión de esa generación que no está perdida aún.

La gran actuación de Saoirse Ronan como resultado de esta química le ha valido su segunda nominación al Óscar como mejor actriz en un papel principal y ganar el Golden Globe de este año por este trabajo. Y es que el cine independiente proporciona a los buenos actores y actrices motivos para dejar un legado con su talento y con temas y personajes de trascendencia, aunque ello signifique no recibir los ingresos millonarios que implica trabajar para la industria cinematográfica.

Con una estética visual que no busca aparentemente nada y ser solamente parte del escenario y del paisaje cotidiano, la fotografía logra retratar lo trascendente dentro de la agonía que es la cotidianidad neoliberal, el escenario de fondo de la generación millennial. El trabajo de la estética visual no busca preciosismos en su composición o en el diseño, ni en el vestuario, ni en el maquillaje, ni tener una inspiración pictórica o jugar con una cámara libre, como se hace mucho en el cine mexicano, para imprimir un estilo. La estética visual es la misma de la selfie, que retrata momentos intrascendentes para enmarcar lo trascedente del verdadero ser humano detrás de ella.

Lady Bird es la perfecta selfie de los millennials que nos dice que detrás de sus indecisiones, de su falta de compromiso, de vivir con apariencias, de su avatar, de su ego intrascendente, de su búsqueda hormonal de sentido de vida y de sus caprichos, se encuentra un perfecto ser humano que es capaz de hacerse cargo de su destino. Ser millennial es, probablemente, esa trampa temporal para clasificar a las personas en la búsqueda de la fragmentación de la sociedad, pero, como toda trampa temporal, se puede escapar. Una selfie es solamente eso, el retrato de uno mismo en un momento dado, pero no es uno para siempre.

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