22 octubre 2018
El Popular

Anatomia de la memoria

Cien caballos en el mar

Por Josué TELLO. / febrero . 25, 2018.

En los últimos años, mucho se ha escrito de y sobre el norte de México; las obras de algunos escritores no exploran ni hay registro de atrevimiento por utilizar otras técnicas narrativas en la escritura, o abordar bajo otros puntos de vista el hecho. Se remiten a lo temático: narcotráfico, asesinatos, migrantes, balazos, frontera, desierto… terminan en anécdota.

Este no es el caso de Alfonso López Corral, ya que su estilo narrativo y de lenguaje adentra al lector al norte del país más allá de los estereotipos.

Cien caballos en el mar, el último libro publicado del nacido en Navojoa, Sonora, está integrado por seis cuentos que deambulan entre el género fantástico, como el relato “Poliomielitis”, que cuenta los sucesos por los que pasa Carolina, una niña con esta enfermedad, y su madre Josefa, que no cree en los sueños —¿pesadillas?—  de su hija, que se convierten en profecías. O la ficción basada de hechos reales, como el cuento “Muerte constante más allá del honor”: argumento que nace de la captura de El Chapo y descrito en una columna de Héctor De Mauleón en enero de 2016. El texto de Mauleón termina con esta sentencia: “Una historia así debe ser contada. Ya lo creo que debe ser contada.” Corral le tomó la palabra. Si se hace un ejercicio de lectura de ambos textos, se genera una suerte de complemento entre uno y otro: se entrelaza y disipa la ficción y no ficción.  

“Muerte constante más allá del honor”, me remitió, por el nombre, al cuento de Gabriel García Márquez: “Muerte constante más allá del amor”, que narra el enamoramiento del senador Onésimo Sánchez seis meses y once días antes de su muerte. Sin embargo, lo que me causó curiosidad es que la narración transcurre en  “…un pueblecito ilusorio que de noche era una dársena furtiva para los buques de altura de los contrabandistas, y en cambio a pleno sol parecía el recodo más inútil del desierto, frente a un mar árido y sin rumbos, y tan apartado de todo que nadie hubiera sospechado que allí viviera alguien capaz de torcer el destino de nadie.” Imágenes similares a las que se leen en el libro Cien caballos en el mar.  

Para quienes no estamos familiarizados con el lenguaje, paisajes, problemáticas y sociedad que habitan el norte de México —por cuestiones geográficas—, estos cuentos, como el de “La carretera del sur de Sonora”, llevan al lector a cruzar el desierto donde “sol castigaba como siempre y ni un borrón figuraba en el cielo para aliviar el día.” Acompañados por un par de hombres que tienen que probar su suerte en un retén porque “un morro de veinte años, con pelo casi a rape; barba de tres días, la camisa desfajada y unos zapatos de cuero rojo estilo Aladino […]” los obliga a salir de su vehículo donde viajaban y cambiarse al de él, ya que la carga de droga de La lobona que transportaba El morro se “la pusieron” a los militares.

A lo largo de los relatos, también encontramos mujeres que no están tras las rejas pero son prisioneras. Vaqueros misteriosos que tiran de alambre de púas, cerca de la playa “cuando lo natural hubiera sido ver a un pescador.” La obra de López Corral me remite a narradores del desierto como Daniel Sada y Jesús Gardea. O al mismo Cormac McCarthy, por el estilo de descripción y escritura de lo que acontece a su alrededor, sin olvidar las particularidades del lenguaje y vestimenta al momento de la creación de personajes. 

Tanto López Corral, como la labor de Paraíso Perdido con los libros de Abril posas o Gabriel Rodríguez Liceaga, me hacen recordar la frase de Rodrigo Fresán, en la que afirma que existen libros con cuentos y libros de cuentos, el primero lo cataloga como textos sueltos para conformar un libro; en el segundo los textos “cuentan una historia secreta todos juntos”, y los caracteriza la temática, estilo y lenguaje, y Cien caballos en el mar, sin duda, pertenece a esta última categoría. 

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