19 mayo 2019
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La Moviola

Apuesta maestra: ego fragmentador

Por Noé IXBALANQUÉ BAUTISTA. / enero . 31, 2018.

Una de las causas de que la sociedad contemporánea presente comportamientos que van en contra del mismo sentido social de la especie humana es el egoísmo excesivo. Ideas que forman al sujeto contemporáneo como la creencia de ser alguien único e irrepetible y a partir de ello luchar por ser el mejor, por ser exitoso, un triunfador, son la causa de la soledad, depresión o de comportamientos que retan a la legalidad y a la ética. Pese a que este comportamiento está fragmentando a la sociedad, se le aplaude y hasta se le reconoce tanto como para llevarlo al cine. Detrás de la película Apuesta maestra (Molly's Game, China/EU/Canadá, 2017), ópera prima del neoyorquino Aaron Sorkin, está ese relato apologético del ego que refuerza la idea de que lo que importa en esta vida es ser el mejor sin importar la ética ni el otro.

Este largometraje se basa en el libro autobiográfico de la verdadera Molly Bloom donde expone cómo se llegó a convertir en la princesa del pókar, organizando partidas exclusivas que involucraron a gente de Hollywood, grandes empresarios, miembros del jet set norteamericano y a la mafia rusa. Criada en un ambiente competitivo por su padre inflexible y exigente de excelencia en sus hijos, Molly Bloom (Jessica Chastain) estuvo a punto de ser estrella olímpica de esquí, pero un grave accidente la retiró de las pistas. Joven y con un futuro incierto, se muda de Colorado a Los Ángeles donde trabaja con un déspota empresario que la introduce a la oscura organización juegos de pókar con enormes apuestas que involucran nombres públicos. Con la gran inteligencia que posee, Molly pronto se apodera del negocio de la organización de partidas exclusivas pero todo se termina cuando las autoridades la arrestan por ello y por asociación delictuosa. Corresponde al honesto y ético abogado Charlie Jaffey (Idris Elba) defenderla y demostrar que detrás de todo esto, hay legalidad.

Con una gran experiencia como guionista, especialmente en adaptaciones, no es noticia que Aaron Sorkin, de 56 años, tenga una nominación al premio Óscar por mejor guion adaptado por esta cinta. Y eso es exactamente lo que más destaca: el guion. Técnicamente bien trabajado, construye una narrativa para desarrollar con absoluta corrección la historia de Molly Bloom, otorgando motivaciones al personaje para crear un arco dramático bien estructurado de principio a fin. Los personajes centrales son sólidos y son los pequeños detalles los que muestran sus dimensiones y que otorgan la solidez necesaria para experimentar credibilidad en la pantalla. Ello mismo les permite a los actores, en este caso Jessica Chastain e Idris Elba, mostrar sus cualidades histriónicas dejando una grata impresión en el espectador.

La dirección es, técnicamente hablando, sobresaliente. Ello incluye tanto el trabajo de los actores, la creación de atmósferas visuales y situacionales, así como la construcción de la narrativa visual y sonora en el montaje. Sin embargo, faltó un elemento esencial para que Sorkin se mostrase como un gran director: no hubo una reflexión del tema detrás del caso ni del personaje, de manera tal que ello le impulsara a cuestionar el sistema de pensamiento y valores que construyen la sociedad contemporánea. Todo creador experimenta al mundo, lo siente, lo sufre y lo goza para ver ese algo que los demás no vemos. El creador emplea su capacidad técnica y su sensibilidad estética para construir, en el caso del cine, una narrativa que permita experimentar al espectador esa sensación, ese sufrimiento y ese gozo que conduzca a la reflexión del mundo mismo. Y eso es precisamente lo que no hace Aaron Sorkin en esta película, pese al gran domino técnico que tiene de la narrativa cinematográfica. Por ello quedó fuera de las nominaciones relevantes de los Óscar como son mejor película y mejor director, porque no hay ninguna de las dos, sólo un buen guión y una buena factura.

Sorkin hace un lado la falta de ética en la organización en lo oscurito de juegos de apuesta y de la oportunidad que ello implica para el lavado de dinero, para prostitución y para la distribución de droga; y se dedica a construir y justificar el ego de la verdadera Molly Bloom, casi como si fuese una heroína. La apología al ego, a la competencia y al ser mejor que los demás, que están en el texto original de Bloom, es lo que Sorkin parece no reflexionar y pareciera, en algún momento de su película, que tales son los constituyentes esenciales de la naturaleza del deber ser de esta sociedad. En el fondo, esta película es una historia perfectamente sintonizada con el pensamiento Trump, ese que está fragmentando al mundo. Es una apología al ego fragmentador.

 

 

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