19 mayo 2019
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El gran showman: apología de la discriminación

Por Noé IXBALANQUÉ BAUTISTA. / enero . 03, 2018.

De repente parecería que la historia de la discriminación va de la mano con la historia de los Estados Unidos como nación líder del proyecto de la Modernidad. Este aparente paralelismo histórico incluye también el convertir a la discriminación en una enorme fuente de riqueza usando, por un lado el morbo y la necesidad de entretenimiento que el pueblo tiene; y por otro los defectos físicos con los que algunas personas nacen, siendo invisibles ante la sociedad. Ese fue el origen del circo moderno en los EU a manos del empresario PT Barnum cuya historia se narra apolegéticamente en la película El gran showman (TheGratestShowman, EU, 2017) a cargo del australiano director de comerciales Michael Gracey y protagonizado por Hugh Jackman, Michelle Williams, Zac Efron y Zendaya.

Utilizando el agónico género musical y basado en el personaje real, Gracey nos narra la historia de PT Barnum (Hugh Jackman) cuyo sueño desde la infancia es hacer realidad el American dream. Discriminado por ser pobre, Barnum se casa con la hija de un acaudalado burgués y lucha por darle el mismo nivel de vida a ella y a sus hijas. Para ello emprende la loca aventura de crear un centro de atracciones en Nueva York con las criaturas más extrañas y que poco a poco se va convirtiendo en el modelo tradicional del circo moderno. Claro, en la narrativa de éxito del American dream debe haber obstáculos y ellos están presentes en la historia de Barnum, de otra manera carecería del valor implícito en tal narrativa que ha “heroizado” a otro tipo de emprendedores norteamericanos como Henry Ford, Steve Jobs o el coronel Sanders.

Si bien la música y las canciones no son nada grandilocuentes como lo son las creaciones de Andrew Lloyd Weber o Tim Rice, tampoco son malas. Gracey no puede evitar seguir la línea que su paisano Baz Luhrmann marcara con Moulin Rouge (Australia/EU, 2001) al incorporar al género musical la estructura de la música pop adicionado con coreografías churriguerescas en decorados donde la textura teatral es evidente. La diferencia es que Luhrmann propone en su cinta una especie de apología a la estética del kitsch, mientras que Gracey se lo toma muy en serio por lo que hay sensibles variaciones en las texturas de las escenas. Tampoco pudo evitar hacer referencia a West Side Story (Jerome Robbins y Robert Wise, EU, 1961) otro clásico del género en la escena de la azotea, escena por demás gastada y cliché. Llama la atención la parte donde PT Barnum convence a Phillip Carlyle (Zac Efron) de asociarse con él, cuya coreografía erotiza y llena de sensualidad la escena dándole otra lectura lejana a la de dos empresarios negociando.

Además de parecer un largo promocional de la industria del entretenimiento para quedar bien con la mayor industria de ellas que es Hollywood, Michael Gracey hace a un lado el tema de la discriminación que inicialmente aparece como la premisa de la cinta para retomar a la gastada narrativa del American Dream como instrumento de venganza para la discriminación y, adicionalmente, hacerse millonario con la estética popular norteamericana. Una película que es una apología musical de la discriminación y que retrata perfectamente las bases de los Estados Unidos de la era Donald Trump.

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