18 enero 2019
El Popular

Acantilado

La deshonestidad de los candidatos

Por Israel VELÁZQUEZ G.. / diciembre . 05, 2017.

Un primer motivo para desconfiar de los aspirantes a la presidencia de la República es el discurso con el que intentan atraer al electorado, o a la parte de él que les interesa gobernar. Así, por ejemplo, Margarita Zavala afirma en Puebla que la ley debe respetar las creencias religiosas y que ella es una mujer con valores católicos, que respeta a todo humano, pero que el matrimonio es y será, entre un hombre y una mujer. También tenemos a Andrés Manuel López Obrador, quien el 24 de noviembre anunció que el 12 de diciembre se registrará como precandidato a la Presidencia de la República.

Los lazos entre los discursos de ambos y sus creencias religiosas o las del electorado, están ahí en toda su grosera desnudez. De Zavala queda claro que al pedir que la ley respete creencias hace referencia a las propias que son también las de la mayoría de mexicanos; López Obrador pretende atraer al grueso de la población con la inevitable referencia a la virgen de Guadalupe.

Los dos dan pasos contrarios a la necesaria separación que debe existir entre Estado e Iglesia: olvidan que el ejercicio del poder civil y el religioso se deben dar con independencia uno del otro para que se respete a quienes profesan cualquier religión y también a quienes no profesan ninguna. Mezclar religión y política es insano, es nocivo para la salud democrática de un país como este en el que vivimos y que ya está en riesgo ante el poder alcanzado por grupos religiosos que subrepticiamente se han aliado con políticos.

Cualquiera que aspire a la presidencia de la República debiera guardarse sus creencias religiosas en tanto que aspira a gobernar un país en el que sí, 84 por ciento de los habitantes es católico, pero también hay quienes profesan las iglesias cristianas que incluyen a protestantes, pentecostales, evangélicos y adventistas del séptimo día, iglesia de Jesucristo de los santos de los últimos días, testigos de Jehová, judíos y hasta quienes no tienen religión.

Todos ellos, a saber y con base en el artículo 130 constitucional, tienen derechos y deben ser gobernados por quien sea capaz de no imponer sus creencias sobre los demás. Los mensajes de ambos, Zavala y López Obrador, son un anzuelo: 92 millones 924 mil 489 mexicanos son católicos y es a ellos a quienes tratan de pescar (Censo Inegi, 2010), usando sus creencias religiosas para hacerse publicidad. ¿O es que no tienen claro que el Estado administra la polis y no la moral de un país?

Ambos se confunden o tratan de confundir: piensan, acaso, que los creyentes les darán su voto porque esperan que penalicen el aborto, que prohíban el matrimonio entre personas del mismo sexo y también, que hagan leyes que los favorezcan así sea costa de las minorías religiosas.

La desconfianza nace aun cuando no tienen una candidatura: Margarita Zavala aún no reúne las firmas que le exige el INE, y Andrés Manuel López Obrador se registrará en 7 días más. Ambos ya mandaron el mensaje de que no van a gobernar para todos, de que apuestan por las mayorías aunque se violen derechos de las minorías.

En los mismos pasos anda Jaime Rodríguez El Bronco, gobernador de Nuevo León, a quien Juan Manuel Alvarado, líder del Partido Encuentro Social e integrante del Frente Cristiano, acusó en septiembre pasado de manipulación religiosa, pues lo mismo se dice cristiano evangélico, que católico y masón. El también aspirante independiente a la presidencia ha declarado que “los gobernantes tenemos que hablar también de nuestra fe, no es ir contra la laicidad del gobierno. Yo no soy religioso, pero creo en Dios, y creo que nos hace falta a muchos de nosotros eso para equilibrar las decisiones de una sociedad”.

En sus arengas han renunciado, al menos ellos tres, a respetar el derecho a la igualdad y a la no discriminación: en el papel son tan diferentes, pero en la práctica pueden entonar gustosos aquello de “te pareces tanto a mí, que no puedes engañarme”.

 

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*Director editorial de El Popular, diario imparcial de Puebla.

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