20 julio 2019
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Atómica: verdades a medias

Por Noé IXBALANQUÉ BAUTISTA. / septiembre . 06, 2017.

El mundo no es lo que es, sino lo que parece… o lo que nos hacer ver de él. Es el poder quien construye las apariencias del mundo, para crear una idea de tal, en nosotros. Esta es la premisa de la película Atómica (Atomic Blonde, Alemania/Suecia/E.U.A., 2017) del director norteamericano David Leitch. Basada en la novela gráfica The coldest city de Antony Johnston y Sam Hart, esta cinta propone que la caída del Muro de Berlín, hecho que terminó con la Guerra Fría e inició un mundo regido por los valores del mercado, fue producto del trabajo de espionaje y contraespionaje.

En plena era de la narrativa que empodera a la mujer, llega a la pantalla grande la versión femenina de James Bond. Lorraine Broughton (una resurgida Charlize Theron) es esa espía top del MI6 británico que en 1989, en los días de la caída del Muro de Berlín, es enviada a la capital alemana para recuperar una lista con los nombres de todos los espías que está ahora en manos de un agente soviético, hecho que podría inclinar la balanza a favor del bloque comunista y descubrir también la identidad de Satchel, un doble agente. Este plot ya lo habíamos visto en la primera entrega de la saga cinematográfica de Misión imposible (Brian De Palma, E.U.A., 1996), así que no hay nada nuevo al respecto. Tampoco lo es que la ambición egoísta de los espías que buscan apoderarse de la lista para venderla al mejor postor, como sucede con el agente Percival (James McAvoy) que lejos de lealtades o de ideologías promueve el mercado negro de mercancía norteamericana, incluyendo la famosa lista. La lógica de la economía de mercado está ya en su mente y en sus acciones. Tampoco es nuevo ver que las estrategias de la inteligencia británica, el MI6, o también las de la CIA, fracasan. Ni es nuevo ver espías humanizados que sufren heridas, dolores o que lloran una pérdida.

Lo nuevo en esta cinta es su apuesta por la estética, un sórdido mundo marginal donde cada espacio pareciera ser dominado por las luces de los burdeles y de esos bares de mala muerte frecuentados por Charles Bukowsky. Lo nuevo es esta narrativa, harto conocida del thriller de espías, es la influencia de la literatura existencialista de la década de los sesenta con personajes deprimentes y perdidos en sí mismos. Lo nuevo ahora son estos perfiles de personajes con una mujer como protagonista. Broughton es la antiheroína que se equipara a un Dirty Harry en la piel de un James Bond.

Con notable influencia en la estética del movimiento literario estadounidense de los sesenta, encabezado por Charles Bukowsky y William S. Burroughs, David Leitch intenta permanecer fiel a la novela gráfica original, pero su trayectoria como doble de riesgo y actor de reparto le centra su atención en las escenas de acción más que en la trama y en tema.

La promesa de la película establecida en imagen inicial con Ronald Reagan exigiendo a Gorbachov el derrumbe del Muro de Berlín y la leyenda posterior sobre develar la verdad detrás de esta caída se diluye en la medida que la historia avanza con escenas de acción cada vez más violentas, donde ahora una mujer es la vencedora en cada una de ellas. Lejos queda esa promesa que nos hace Leitch para invitarnos a reflexionar sobre el acontecimiento que sembró los cimientos del mundo neoliberal que nos rige a todos en este momento. Sólo algunos atisbos en personajes como Percival nos podría dar la clave, pero seguramente tales no están en la película sino en la novela gráfica.

El mundo no es lo que parece, y alguien se ha estado encargando de crear esa escenografía para ocultar la verdad del mundo, aquel que vemos y creemos real, tan sólo son esas sombras de la caverna platónica. El mundo no es la verdad, a ella sólo la veremos con la inteligencia de lo verdadero, inteligencia que no vemos en Atómica.

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