21 mayo 2019
El Popular

Stalingrado

La camisa del hombre feliz

Por Rodrigo ROSALES ESCALONA. / septiembre . 02, 2017.

Érase cierto reino cuyo nombre, de acuerdo con mochos, Los Ángeles, quitando el de Zaragoza, en cuanto a que juran las consejas que el soberano Moreno Valle, era infinitamente rico, poderoso y con espías, reverenciado por ministros, favoritos, bufones y válidos (de ocasión). Y que la palaciega existencia transcurría entre saraos, besamanos y gorrones. Lo usual.

Aconteció, que cierto día, andando por algún estado de su reino, vendiendo su imagen de ganón, de repente, una soterrada tristeza se apoderó del alma del soberano y se le anidó en la entraña del corazón. Y que aquella tristura, le cegó el gusto por lisonjas, riquezas, PPS, helicóptero Augusta y demás agasajos. “Caracso —dicen haberle oído gritar—; a poco ya es la conciencia”. Y que procuró acallar la melancolía con los negocios del reino: saraos, besamanos, develaciones de estatua, de libro disque biográfico, de rueda de la fortuna. Lo usual. Pero qué va: la tristeza ahí, ruñéndole las telas del corazón.

— Y así, la vida me sabe a agua de borrijas.

— No hay purrúm, majestad –le dijo el metido a médico Eukid de palacio. Pero nada: ni purgas, ni sangrías, cataplasmas, bebedizos y pócimas hicieron mella en la melancolía real, de haber dejado la gubernatura, aspirando a ser un rey de todo el mundo. Pobrín. Todo íbasele al soberano en largar profundos suspiros añorando a su Puebla perdida, pero, gozando de los bienes terrenales que le dejó.

Ahí se presenta el ministro de Fianzas:

— Su majestad, tendréis que ir a haceros un chequeo a Houston. He aquí vuestros 30 mil millones de dólares de cuota de los PPS como enfermo.

Pero ándele, que los curanderos de Houston, a Dallas. Y fue así como, desconsolados, tornaron a casa rey y ministros, paleros y paniaguados, bufones como Eukid, Maldonado, Javier Lozano, Pablito Rodríguez, Jorge Aguilar y el de Finanzas, sin que la soberana tristeza menguara ni por las ganancias de los PPS que conseguimos para no volver de oquis; pa su…

Y ocurrió que cierto metiche, aconsejó que se llamase a un Facundo Rosas y al jefe del Centro de Espionaje, Roberto Rodríguez Acosta, según esto curadores de cáncer de corrupción (al par encontraréis en la misma mazmorra a estas horas; por metiche uno, y el otro por curandero balín). Y sí: aquello fue un fracasadero total de acupunturistas usureros, chocheros y gente de cataplasmas, y hasta dos que tres brujos de Catemaco y uno del Seguro Social. Pero qué iban a poder, si conciencias no se aplacan con penicilina. “Llévame la tristeza”, repetía el soberano, hasta que cierto día aquél horóscopo leído en el búnker de espías:

Libra: póngase el soberano la camisa del hombre feliz, y santo remedio”.

¡Como estas! Que el rey empieza llamando a sus ministros, uno por uno: “A ver, Eukid, ¿vos sois feliz para que me facilitéis vuestra camisa? “¿Cómo, si tengo que acogotar al pueblo con unos huevos carísimos?”. “A ver tú, Javier Lozano, ¿eres feliz?”. “Señor, ¿apergollado con la deuda de que o me alcanza con lo que me pagaron en gobierno más en el Senado, más la deuda externa de los PPS encima? ¿Y si buscaseis en vuestras provincias? Allá no llega tan directa la política y, por consiguiente, la gente es menos feliz”.

Dicho y hecho. Y aconteció que, al llegar a la Puebla, donde según el rey aseguraba que combatió la pobreza, la Coneval, le dice que nones, la pobreza se amplió y profundizó, soberano y hombre feliz se encontraron. Ahí estaba el paisano, al pardear la tarde, castrando un espino para hacerse, de sus semillas, un taco. Y el hombre feliz cantaba, y en su cántico decía: “Ojos que te vieron ir…” (en tono de sol). Y qué extraño: calor no hacía, pero mi paisa andaba a ráiz, sólo cubierto su tesoro de la juventud con una tanga, un taparrabitos de manta, gracias a la deuda de los PPS.

— A ver tú, el cantador, ¿por ventura, eres feliz?

— Como una lombriz, señor.

— ¡Por fin! ¡Tres hurras! Y vos naco, id y traedme una de vuestras camisas, que os la voy a nacionalizar.

Pero ya lo afirma la fábula: el hombre feliz no traía camisa.

Achis, cómo está eso. ¿Sin camisa y feliz? ¿Por qué, siendo un descamisado, sois feliz?

— Por ti, señor, tú eres la causa. Porque, por un lado, en sólo seis años de economía equivocada, de crear obras fastuosas, de ciclovías, trenecito dominguero, clínicas y hospitales que se les cae todo, me dejaste hasta sin camisa. Pero, por otro lado, pues, esto sefiní, tú te largas del reino, buscando otro presidencial, y váyase lo uno por lo otro. ¿No, majestad?

Y sonreía. Entonces:

— ¡Y todavía se burla! ¡A ver, mis guaruras Facundo y Santizo!

Y ¡bolas!, que los guaruras (pero eso ya es otra fábula, que, a lo mejor no llegue, de lo contrario, pobre México).

rodrigo.ivan@yahoo.com.mc

*Analista político y de prospectiva social

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