18 julio 2019
El Popular

Stalingrado

Bajo el signo del terror

Por Rodrigo ROSALES ESCALONA. / mayo . 20, 2017.

Ante la muerte de un familiar o conocido muy estimado, ya sea por enfermedad o accidente, vas aprendiendo a vivir con el dolor, a adquirir una sensibilidad que te permita soportar con dignidad. Sin embargo, si la muerte o desaparición del familiar, producto de los engendros de la violencia y terrorismo, surge un coraje e ira profundo; un dolor de impotencia porque los instrumentos del estado son omisos o tratan de aletargar todo proceso de investigación. Casi siempre, bajo múltiples pretextos para no dar celeridad a la investigación, encuentran múltiples pretextos; entre ellos, los familiares enfrentan un universo desolado, donde es complicado el iniciar sus propias investigaciones para ubicar dónde está el familiar, entre incontables fosas clandestinas, cuando estas son descubiertas, mientras, la nación entera tiene sembradas miles de personas de las que permanecen anónimos sus cuerpos, en espera de que al ser desenterrados, se identifique y castigue a sus asesinos.

La violencia política es un fenómeno característico de la descomposición social y política de una nación, provocada por intereses corruptos de una élite en el poder —o que se sirve de él— quien evita por todos los medios que las voces, reclamos y argumentos sociales, no avancen ni interfiera o afecte sus intereses económicos. Es cuando se ejerce la violencia y terrorismo de Estado. Claro que también se aprovechan del aparato legal para frenar, desvirtuar o determinar nula toda protesta. Cuando le es imposible dicho acto, aplican la represión en todos sus sentidos más abyectos. Cada vez más emergen organizaciones civiles, estudiantiles y otros movimientos sociales, quienes pretenden ir construyendo una dignidad legal que proteja al pueblo y castigue a los criminales de cuello blanco. Casi siempre carecen de medios de difusión que dé cuentas de su lucha como también de la impunidad y corrupción alcanzada por la casta divina, lugar al que se suma una prensa comprometida con la objetividad en búsqueda de elementos que sometan a juicio a los de cuello blanco.

La violencia y terrorismo de Estado y sistema ha adquirido dimensiones tan amenazantes que es justo decir que se ha transformado en atributo inherente del sistema injusto que rige el poder político y económico en México, que deja profundas huellas sangrientas en forma de política de Estado o atentados individuales, como son las ejecuciones de líderes sociales y periodistas.

¿Cuáles son las consecuencias que dejan los funestos brotes del terror político? ¿Cuán profundas son sus raíces? ¿En qué suelo crece con especial ímpetu? ¿Quién y con qué fin se cultiva? Las respuestas son de lo más variadas.

Siempre, los causantes de la violencia y terrorismo tratan de quitarle responsabilidad al sistema económico y político por el engendro de ese problema negativo y de presentar la violencia política como una manifestación del “mal general”, una especie de enfermedad del sistema y Estado que ataca por igual a líderes sociales, a ciudadanos comunes y a periodistas. Con miras a encubrir el origen social del terrorismo declaran que es un fenómeno universal en la forma primaria de todos los conflictos de nuestra época, tal como el diputado panista Jorge Aguilar Chedraui, quien dijo que “la pérdida de la sensibilidad social es producto de la corrupción de Pemex”. Dicha pérdida obedece a la corrupción y omisión de los legisladores y políticos en el poder, quienes cometen toda serie de delitos y fraudes, en nombre de la nación, dejando en la total pobreza e indefensión a la población.

rodrigo.ivan@yahoo.com.mx

*Analista político y de prospectiva social

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