23 marzo 2019
El Popular

La opinión del Búho

Estado laico y Semana Santa

Por José Juan ANZURES. / abril . 18, 2017.

La Semana Santa, que concluyó el domingo pasado, constituye la fiesta más importante de la comunidad católica y consiste en conmemorar la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo.

En muchos lugares de nuestro país, los miembros de la comunidad católica, sobre todo los practicantes, viven estas fechas con entrega y devoción, se abstienen de comer carne los viernes desde el miércoles de ceniza, acuden a misa, realizan la denominada visita de la siete casas, acuden a procesiones y muchos incluso participan en la escenificación de la pasión y muerte de Cristo caracterizando a Jesús, a soldados romanos, a los judíos, a los fariseos, a los doce apóstoles, a Pilatos, a María Magdalena y a la Virgen María. Quizá, la representación más popular y “famosa” sea la de Iztapalapa, declarada en 2012 como Patrimonio Cultural Intangible de la Ciudad de México.

Es curioso que en México, un Estado que se autodenomina laico y que su Constitución lo reconoce como tal, el calendario oficial de vacaciones tanto de escuelas, universidades, dependencias de gobierno y empresas se rija por las festividades católicas; también es curioso que en un Estado laico estas manifestaciones de religiosidad tengan lugar, e incluso que las autoridades hayan sido las que hayan cerrado las calles y hayan garantizado la seguridad de los manifestantes y peregrinos desplegando a miles de elementos de seguridad por las calles.

Hay que recordar que un Estado laico mantiene la separación Iglesia-Estado, no establece una religión como oficial y en consecuencia no ofrece ningún tipo de protección política, ni jurídica a religión alguna; al no existir una religión oficial el Estado se mantiene distante de cualquier confesión y trata a todas de igual manera, evitando la discriminación hacia cualquier sujeto por razones de credo. El origen de su reconocimiento a nivel constitucional se remonta a la Europa del siglo XIX, con la clara intención de que las distintas religiones que confluían en los Estado del viejo Continente lo hicieran de manera pacífica, libre y respetuosa.

En México, a pesar de que la laicidad del Estado se recoge desde la Constitución de 1857, su concepción y origen es un tanto distinta, pues si bien surgió como un medio para separar el poder e influencia que tenía la Iglesia Católica en los asuntos del Estado, no pretendía, al menos en un inicio, la convivencia armónica de distintas religiones, pues la mayoría de la población era (y sigue siendo) principalmente católica. Desde entonces el problema consiste más bien en determinar la relación del Estado con la religión principal del pueblo mexicano, pero si estamos en un Estado laico esta relación Estado-Iglesia Católica se debe lograr precisamente tratando a la religión católica como una más.

Ahora bien, si la libertad religiosa comprende el acto de elegir una religión y de vivir conforme a ella; esto es de elegir con base en la conciencia la forma en la que uno quiera vivir según los mandatos de un ser metafísico en el que se cree y también de realizar conductas externas de manifestación de esa elección, para los católicos practicantes, la Semana Santa es una semana de exteriorización de la religión que han elegido y de la libertad de vivir conforme a ella.

Pero para que esa libertad pueda llevarse a cabo, el Estado, aunque sea laico, debe realizar todas las conductas necesarias para su pleno ejercicio; por eso en esta Semana Santa (como en todas) fue necesario que el Estado desplegara elementos de seguridad, permitiera la manifestación en vía pública y cerrara calles, entre otras conductas. Sólo hay que tener en mente que, para que estas prácticas no se identifiquen con las de un Estado confesional, deben también otorgarse en todas las manifestaciones de cualquier otro tipo de religión…

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