16 julio 2019
El Popular

Bregando

Pa’ amolarla de acabar

Por Jaime OAXACA. / enero . 31, 2017.

El toro parece que es un estorbo para las corridas de toros.

Y si éste es bravo, peor aún.

No sólo los están quitando de la publicidad en los carteles, también lo quieren desaparecer del ruedo. Entre toreros y empresarios luchan para restarle importancia ante la impotencia o complacencia de los ganaderos.

Al toro le han bajado trapío, le han quitado edad, lo despuntan, si sale grande lo medio matan en la suerte de varas, en fin, que esto se convirtió en el juego ¡todos contra el toro!

Para colmo, algunos ganaderos se han metido en grupos en donde también son empresarios taurinos, en esos casos sus intereses no van dirigidos a defender al toro.

Aunque existe quien lo niega, la fiesta de los toros pasa por un momento crítico. Además de las cornadas internas propinadas por los propios taurinos, están los molestos antis, esos odiosos fulanos que lejos de tener un objetivo claro, sólo buscan los reflectores, igual que algunos fantoches legisladores, chalaos que buscan publicidad quesque haciendo leyes.

Lo que la fiesta mexicana necesita para no seguir en declive es una sacudida fuerte que la despierte, que la reviva, que le ayude a recobrar sus seguidores.

La gente está ávida de emociones. La tauromaquia es una opción porque las tiene a raudales.

La fiesta de los toros es un espectáculo brutal, brutalmente auténtico. Se trata de una lucha entre dos seres vivos en el que uno de los dos va a morir.

Un espectáculo así no puede ser un entretenimiento para divertirse; es un ritual solemne, emocionante, en que un hombre vestido como rey, llamado torero, se enfrenta a un animal bravo, peligroso, con dos puñales en la cabeza, que vende cara su vida y pelea por ella, se trata del toro.

Los toreros son considerados como héroes, para que sigan así, requieren que haya autenticidad en la tauromaquia. Es cierto que cualquier res, sin importar el tamaño, su bravura o mansedumbre puede herir y matar, pero la esencia del toreo es la emoción.

El aficionado se emociona cuando el peligro es inminente.

Ese peligro únicamente lo proporciona el toro. ¡El toro auténtico!

Los ganaderos tienen la obligación de criarlo así; sin embargo, existen algunos que están eliminando bravura, haciéndole un mal irreparable a la fiesta brava. Son ganaderos que venden a buen precio porque sus bovinos son solicitados por las figuras del toreo. A esos ganaderos dañinos les dicen ganaduros o ganaderos comerciales.

Sus toros son bobos y no causan ninguna emoción, porque tienen un comportamiento borreguno.

El pasado fin de semana, los ganaderos eligieron su nueva mesa directiva para los próximos dos años, quedó a la cabeza José María Arturo Huerta Ortega, propietario de la ganadería que lidia con su nombre y maneja la dehesa de Reyes Huerta.

Pepe Huerta, como se le conoce en el medio, tiene un prestigio taurino desfavorable. Fue empresario de la plaza de toros El Relicario de la ciudad de Puebla, desde la feria de mayo de 2005 hasta enero de 2011. Fue una época desastrosa para la fiesta en la Angelópolis, contó con la complicidad del juez de plaza Alberto Vázquez, quien además era el asesor taurino del Ayuntamiento de la ciudad.

La plaza se la entregó al ganadero-empresario, el gobernador Mario Marín durante los seis años de su mandato. En ese periodo se lidió ganado sin presencia, con evidente falta de edad reglamentaria, casi todo de las ganaderías del señor Huerta. Los taurinos dejaron de asistir a la plaza, la fiesta fue denigrada a su mínima expresión.

En la feria de Tlaxcala capital en sus últimas cuatro o cinco presentaciones, lidiando como Reyes Huerta, mandó ejemplares sin trapío. Ojalá sus acciones como presidente de los criadores de bravo beneficien a la fiesta mexicana.

A la tauromaquia nacional le urge que resurja la bravura en las ganaderías, que los ganaderos hagan un pacto en el que se comprometan a lidiar toros bravos con trapío, para que regrese la emoción a las plazas. El ganadero José María Arturo Huerta tiene esa encomienda para que los taurinos ya no anden diciendo que su designación fue pa’ amolarla de acabar.

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