20 mayo 2019
El Popular

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México debe tomar en serio a Trump

Por Aquiles CÓRDOVA MORÁN. / noviembre . 24, 2016.

Tras la victoria de Donald Trump en la carrera por la presidencia de EU (una victoria que, como dijo el presidente de Rusia, Vladimir Putin, sólo fue una sorpresa para los partidarios ciegos de Hillary Clinton), no veo, leo, ni escucho ningún análisis o pronunciamiento serio sobre lo que puede esperar México de este hecho, ni sobre lo que deberíamos comenzar a hacer de inmediato en previsión de que el peligro se materializara.

Ciertamente que tienen razón quienes opinan que no debemos caer en el pánico y en la histeria; que debemos evitar el error de sobredimensionar los riesgos y sembrar la alarma en todo el país cuando tales riesgos son sólo eso, por muy alta que sea la probabilidad que les otorguemos. Pero tampoco me parece racional desechar las amenazas y quedarnos de brazos cruzados, confiando sólo en nuestra buena suerte; y menos aceptable encuentro el que en los medios de comunicación, sobre todo en los de mayor influencia y poder de penetración en la opinión pública, se continúe con la campaña de ataques, “denuncias” y descalificativos en contra de Trump, como si los derrotados hubiéramos sido los mexicanos y no los demócratas apoyadores de Hillary Clinton, y como si creyéramos realmente que el ideario político de la señora es el antípoda del republicano triunfante.

El sentido común más elemental dice que no es así. La virulencia que alcanzó la disputa electoral es, por sí sola, una prueba segura de que no se trató de una simple lucha de personalidades deseosas de alcanzar el poder; de que por primera vez en la historia reciente de Norteamérica había (hay), en el fondo, una verdadera lucha de intereses divergentes y muy poderosos que cobraron forma de puntos de vista inconciliables sobre la política interna y externa que deben aplicar los EU en cada una de esas delicadas áreas.

Pero también resulta evidente que esa divergencia de enfoques no podía, ni puede, ir más allá de preferir distintos caminos, distintas políticas, distintos procedimientos diplomáticos, económicos y militares para conseguir “el mismo objetivo estratégico”, la defensa irrestricta y el éxito seguro del imperialismo norteamericano en la tarea que ha sido desde siempre su propósito inconmovible e inocultable: el dominio irrestricto e indisputado del planeta entero. En este sentido, ambos candidatos representan lo mismo.

Es muy probable que Trump esté convencido de que las guerras que EU ha desatado en el norte de África y en el Medio Oriente le estén costando mucho dinero a cambio de muy magros beneficios económicos y geopolíticos; que la OTAN también le consuma muchos recursos mientras que sus aliados europeos hacen aportaciones simbólicas para su sostenimiento; que el Estado Islámico como mano de gato para sacarle las castañas del fuego en las guerras antedichas tampoco ha resultado muy provechoso y que, en cambio, le está acarreando un desprestigio cada día mayor, un peligro creciente para la seguridad interna de sus aliados europeos y de la propia Norteamérica, y mucho dinero en armas, entrenamiento y propaganda para esconder la verdad al mundo sobre su verdadero origen y naturaleza; de todo lo cual, a su juicio, es responsable, y en una muy grande medida, Hillary Clinton.

Y es probable también, por eso, que esté decidido a dar un golpe de timón de cierta relevancia en Medio Oriente, en el manejo de los terroristas y en el financiamiento de la OTAN, golpe de timón que, en mi modesta opinión, puede incluir una cierta negociación con Rusia buscando, de paso, meter una cuña entre este país y la República Popular China, su principal enemigo en el plano económico.

Pero nada de esto está pensado para traer la paz, el desarrollo compartido con todas las naciones del mundo y el respeto al Derecho Internacional y a los órganos encargados de aplicarlo. El verdadero objetivo es, como ya queda dicho, el mismo que perseguiría en su caso la señora Clinton: el dominio mundial indisputado.

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