19 febrero 2019
El Popular

Educación: ¿cuál debate?

Por Aquiles Montaño Brito. / julio . 04, 2016.

¿La educación es un tema candente en México? No lo creo. Una vez más la bandera de la educación, sensible en cualquier sociedad, ha enfrentado a dos fuerzas políticas: por un lado, el Gobierno federal y su defensa de la Reforma Educativa que se aplica en el país y, por otro, la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación que la condena y pide su derogación, sin que hasta el momento alguien conozca su propuesta para mejorar el sistema educativo mexicano que, en eso todos coinciden, tiene grandes y graves vicios. Sea como fuere, con o sin reforma, la educación en México sufre las consecuencias de la pobreza en que se debate la mayoría de la población y la injusta distribución de la renta nacional. Y éste es, precisamente, el debate al que ni unos ni otros le han querido entrar, aunque sea de manera superficial. Nadie discute el problema educativo en México: la pelea actual tiene objetivos sindicalistas y, es obvio, en beneficio de un pequeño sector de los mexicanos.

Pero resulta que el verdadero problema nos alcanza a todos y nos afecta a todos, y por eso un verdadero debate sobre el mismo debería hurgar más a fondo: la poca o nula infraestructura académica, deportiva y cultural de las escuelas, los planes educativos caducos y malos, la pobreza de las familias que impide a los niños y jóvenes estudiar o aprovechar en serio las horas en la escuela, la impensada edición y entrega de libros escritos por los grandes pensadores de la humanidad, de buena calidad y gratuitos (¡sin errores ortográficos!), y, en efecto, la calidad de los maestros, pero esto último sólo como una parte de todo el problema y no como si ése fuera todo el problema. Una revolución educativa que contenga estos puntos, y otros que seguramente conocen los instruidos del tema, no va a ser posible si sólo miramos la superficie.

Pero lo cierto es que un país como México, la política educativa no se va a superar desde su raíz en tanto no se resuelvan, primero, otros problemas que nos aquejan y que tienen que ver con la forma en que se ejerce el poder en México y quien lo ejerce.

Revisemos algunos datos que nos revelarán las serias dificultades en que nos encontramos: México es un país con grados de pobreza, marginación y desigualdad superiores a los de casi todos los países de América Latina. Según Julio Boltvinik, investigador de El Colegio de México, los pobres en México ya suman más de 100 millones.Por su parte, la Organización Económica para América Latina y El Caribe (OCDE) sostiene, en un informe presentado en marzo pasado, que nuestro país es de los únicos tres en América Latina en los que la pobreza avanzóen lugar de estancarse o disminuir.

Además, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) afirma que el 10 por ciento de las familias más ricas de México concentra el 66 por ciento del ingreso total, por lo que el 90 por ciento de la población nos debemos conformar y dividir el 34 por ciento del ingreso restante. Pero el problema es más grave cuando se nos dice que la proporción de ingreso de 1 por ciento de los hogares más ricos es de 34.2 por ciento; 90 por ciento de familias mexicanas tienen ingresos iguales al 1 por ciento más rico del país. Una pobreza y desigualdad brutales, según el informe “La magnitud de la desigualdad en el ingreso y la riqueza en México 2015” de la Cepal.

La política educativa, a la luz de estos datos, no puede estar mejor. Sería inútil y vacuo, intentar analizar, por no decir que cambiar como pretende el gobierno, el problema educativo descoyuntado de la pobreza y la desigualdad que nos aqueja. Por eso decía que con reforma o sin reforma, el problema persiste. Sólo veremos algunos datos importantes: una organización no gubernamental afirma que de cada 100 niños que entran a la primaria sólo 16 jóvenes inician estudios de licenciatura (habría que ver cuántos se gradúan o se titulan); el resto se va quedando conforme avanzan los ciclos escolares. Y la causa fundamental de eso es la pobreza que obliga a trabajar a temprana edad o impide cubrir los gastos que genera ir a clases todos los días. De esta manera, en nuestro país el nivel de escolaridad es de 8.8 años, o sea, segundo año de secundaria, mientras que en Noruega el promedio de la población cursa hasta segundo grado de la educación superior (14 años).

En su “Panorama de la educación 2015”, la OCDE afirma que México es el país que menos gasta en cada estudiante: en educación primaria el gobierno erogó 2 mil 600 dólares en promedio por estudiante, mientras que en el resto de los países el gasto promedio es de 8 mil 200 dólares. Algo similar sucede en el nivel secundaria. Y el problema empeora en el nivel de grado, maestrías o doctorados en donde el promedio de gasto por alumno es de 8 mil 100 dólares en México, mientras que en el resto de los países de la OCDE es de 15 mil. Si ya estamos mal en la cantidad de recursos que se destinan a la educación, las cosas se agravan cuando se analiza en qué se gastó el dinero. Según la misma organización, “sólo el 2.5 por ciento del gasto público en educación se destinó a la construcción, renovación y mantenimiento de la infraestructura de instituciones de primaria y secundaria”, mientras que en los mismos niveles educativos, el 81 por ciento del gasto se destinó a la “remuneración de los docentes”.

Así las cosas, tenemos problemas graves como que el 25 por ciento de las primariasy secundarias del país trabajan en instalaciones adaptadas para dar clases, no en inmuebles construidos con ese fin. El 36 por ciento de las escuelas carece de drenaje. El 24 por ciento no tiene agua de la red pública. El 10 por ciento no cuenta con baños. El 8 por ciento no posee energía eléctrica. El 15 por ciento no tiene sillas para los alumnos. El 10 por ciento carece de pizarrón. El 40% de las escuelas carece de computadoras y el 61 por ciento no tiene acceso a internet.

¿Estos problemas los ataca la Reforma Educativa del Gobierno federal? O, por el contrario, ¿están en el centro de la lucha de la CNTE? No. Ni a unos ni a otros les preocupan en absoluto. Por el contrario, el Movimiento Antorchista y los maestros adheridos a sus filas hace tiempo que los combatimos en la medida de nuestras posibilidades. Luchamos a brazo partido por mejores instalaciones, por computadoras, laboratorios, pizarrones, drenaje y energía eléctrica para las escuelas, por espacios culturales y deportivos adecuados o, incluso, por escuelas completamente nuevas para que los niños y jóvenes puedan tener una educación en condiciones adecuadas mínimas. Pero los maestros de Antorcha Magisterial también dan una batalla al interior de las aulas para formar hombres multifacéticos, completos, que conozcan sus cualidades y las exploten al máximo; nos preocupamos por la academia de excelencia, por enseñar todas las artes y los deportes, para hacer personas inteligentes y sensibles ante los problemas que ya reseñamos.

Pero lo que hace Antorcha actualmente, lo tenemos bien claro, no es suficiente. Para revolucionar la política educativa de México y hacer de ésta una que compita con los mejores del mundo en todas las áreas de la ciencia, las humanidades, las artes y el deporte, es necesario, primero, revolucionar al país.

Por eso creo que no está fuera de lugar hacer un llamado a todos aquellos que verdaderamente se preocupen por la educación en México, a todos aquellos que deseen hacer cambios sustanciales en este terreno, a todos los que sean capaces de dejar atrás sus intereses gremiales para abrazar el interés del país, a que se sumen a Antorcha, única organización que ve el problema en su conjunto. Los llamamos a que sumemos fuerzas, a que forjemos en el crisol de la lucha diaria el partido capaz de tomar el poder del país y, entonces, cambiemos también, y a la par que todo lo demás, la mala política educativa que sufrimos actualmente.

Te puede interesar