15 agosto 2018
El Popular

La Moviola

La forma del agua: esencia de amor

Por Noé IXBALANQUÉ BAUTISTA. / enero . 17, 2018.

Definitivamente no estamos ante lo mejor en obra de Guillermo del Toro. Definitivamente no es su propuesta más madura. Definitivamente no es el trabajo de un director libre dentro del sistema. Definitivamente La forma del agua (TheShape of Water, EU/Canadá, 2017) no es la gran película que tantas alabanzas ha tenido. Pero tampoco, definitivamente, es una película mediocre. Esta película destaca ante la pobreza temática, narrativa y creativa que tiene a la industria de Hollywood en una crisis. Seguramente algunos premios de la Academia reconocerán este logro.

Elisa (Sally Hawkins) es una empleada de intendencia en una instalación científica del gobierno estadounidense en los años 50 del siglo pasado, en pleno inicio de la guerra fría. Ella trabaja durante la madrugada, es muda y tiene como únicos amigos a su compañera de trabajo Zelda (Octavia Spencer), una mujer de color; y a su vecino Giles (Richard Jenkins), un artista comercial homosexual. Bajo el resguardo de la milicia norteamericana, llega a esas instalaciones una criatura acuática (Doug Jones), mitad humana, mitad anfibia, para ser estudiado con fines militares. Poco a poco Elisa establece una relación íntima con la criatura puesto que se identifican uno con otro en su soledad y aislamiento.

La forma del agua se trata pues una historia de amor entre marginados, pero va más allá: Del Toro plantea al amor como la única forma de hallar sentido de vida para configurarse como ser trascedente. El gobierno de Trump se ha caracterizado por la discriminación, por lo que no es gratuito que un mexicano residente en ese país exprese la visión del marginado por ser diferente. Con un discurso que recuerda la perspectiva de la analéctica de la filosofía de la liberación, practicada especialmente por los Jesuitas, de quienes Del Toro recibió formación, el planteamiento es que todos, por muy diferentes que nos veamos, somos seres con emociones, sentimientos e ideas del mundo y que requerimos del encuentro con el otro para hacer mundo, y hacer uno trascedente y que valga la pena vivir.

El guion tiene algunos elementos forzados que de repente pudieron salirse de control narrativo; sin embargo, Del Toro los contuvo muy bien con un montaje minucioso, producto de su gran experiencia. Lo destacable de la historia son los personajes, que sin ser tan complejos, representan magníficamente a esos marginados por defectos físicos, de color de la piel, por género, por preferencias sexuales o por ser un forastero. Ello lleva a una empatía con el espectador, pues de alguna manera todos tenemos algo que nos ha marginado de algún mundo y en algún momento de nuestra vida.

La fotografía de Dan Laustsen y la dirección de arte a cargo de NigelChurcher son otra cosa destacable, que al alto contraste se muestra un mundo oscuro sin serlo aparentemente, donde el color verde destaca en un entorno visual francamente depresivo. Apoyado en las formas del diseño futurista de los años 50 pero en franca decadencia, el arte también refuerza esa sensación de depresión y encierro de los personajes y del mundo rutinario en el que sobreviven. Nada en ese mundo es pulcro y limpio, como siempre nos muestran las películas condescendientes de Hollywood en, tal vez, un chauvinismo de esa cultura de la pulcritud y la higiene deshumanizante.

Reza una antigua frase china que debemos alcanzar la sabiduría del agua, que cambia su forma según el envase que lo contiene sin perder nunca su esencia. Esa es precisamente la propuesta de Guillermo del Toro, modificar la forma no es humillarse ni discriminar siempre y cuando seamos conscientes de nuestra esencia, y la de los otros, como seres humanos. Y eso se logra únicamente con el amor.

 

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