17 noviembre 2017
El Popular

Invitado

Cataluña: el enfrentamiento estéril entre legalismo y populismo

Por Barthélémy MICHALON. / octubre . 22, 2017.

La evolución de la situación en Cataluña es objeto de un seguimiento atento por parte de los medios de comunicación, tanto español como internacional. En las semanas recientes, una sucesión de iniciativas y declaraciones por parte de las autoridades de Madrid y de Barcelona ha acelerado el desarrollo de una espiral negativa de acción y reacción, en la que cada nuevo paso ha ido difuminando la perspectiva de una solución negociada.

Con la reciente —e inédita— activación del artículo 155 de la Constitución española, ya se ha alcanzado un punto crítico, de tal forma que resulta difícil imaginar un desenlace a corto plazo que fuera aceptable por los principales protagonistas.

Pese a la existencia de intercambios frecuentes de “mensajes” (de una forma u otra) entre la Generalitat y la capital española, la impresión que se desprende de esta interacción es que en realidad no existe una comunicación digna de este nombre entre ambos actores: salta a la vista que las diferentes declaraciones de cada bando parecen más dirigidas a su propia audiencia respectiva que a su contraparte.

Claramente, ambos grupos no manejan el mismo lenguaje. Mucho más perjudicial que el uso del castellano por unos y del catalán por otros, se trata de una brecha entre sistemas lógicos y formas de representar el problema.

Por un lado, en Madrid parece predominar una concepción exclusivamente legalista de la situación, lo cual se va reflejando en cada una de sus decisiones, tomadas en nombre de la preservación del orden constitucional y la preservación de la autoridad del gobierno nacional.

Por otro lado, los argumentos y declaraciones de Carles Puigdemont descansan sobre una base populista, al invocar en todo momento la amplia adhesión popular que supuestamente se ha expresado a favor de la independencia a través del reciente referéndum, y al plantearse de manera constante como el defensor y portavoz de una población que ha sido ignorada o incluso silenciada por el gobierno español.

Ninguno de los dos enfoques puede ser tachado de irrelevante: ninguna sociedad organizada puede prescindir del derecho, mientras que ninguna democracia puede hacer caso omiso de la voluntad de su población.

Por ende, el problema no radica en que cada bando haya adoptado una perspectiva diferente del otro, sino más bien en el hecho de que haya tomado la determinación de ignorar por completo la perspectiva de la contraparte para aferrarse a la suya, lo cual imposibilita cualquier intento de diálogo y de construcción paciente de un entendimiento común.

Al negarse a analizar la situación como algo más que una afectación a su orden jurídico, el gobierno español ha adoptado una serie de medidas que resultan desastrosas para su imagen, nacional e internacionalmente: usó la violencia en exceso al tratar de impedir el referéndum, dio por inexistente la opinión expresada por millones de catalanes por este medio y encarceló a figuras del movimiento independentista. Asimismo, al activar el artículo 155 declaró el cese del gobierno catalán democráticamente designado y tomó el control de TV3, una televisión local.

Por su lado, los independentistas catalanes consideran que el contar con un sólido respaldo de la población de Catalunya —sin que por el momento fuera posible determinar si se trata o no de una mayoría— es motivo suficiente como para hacer caso omiso del marco legal existente y forzar el camino hacia la consecución de sus objetivos, dando así la impresión de desdeñar el Estado de Derecho.

Esta oposición entre defensores del derecho y defensores de la democracia, o entre legalistas y populistas, es una simplificación. Sin embargo, esta dualidad es la que implícitamente trasparece en los discursos en los cuales cada bando justifica sus propias acciones y denuncia la postura de su adversario. Contribuye a que cada bando vea en el otro un actor con el que no sería posible dialogar y mucho menos llegar a un acuerdo: ¿cómo se podría negociar con “ellos”, si pisotean el derecho? ¿Qué esperar de una plática con “ellos”, si son enemigos de la democracia?

Ningún Estado puede salir beneficiado de una oposición entre derecho y democracia. Mucho menos un país donde el recuerdo del periodo franquista sigue tan vivaz.

*Profesor de tiempo completo del Tecnológico de Monterrey, en la carrera de Relaciones Internacionales

bmichalon@itesm.mx

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