18 noviembre 2017
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La Moviola

En el nombre de mi hija: una historia de persistencia.

Por Noé IXBALANQUÉ BAUTISTA. / agosto . 30, 2017.

Orfandad es el nombre que le damos en nuestro idioma al estado de pérdida de, al menos, uno de nuestros padres. Huérfano es el sustantivo que usamos para designar a aquél que vive, para el resto de su vida, ese estado de orfandad. Todos, en algún momento de nuestra, vida seremos huérfanos, porque es algo natural y lógico. Es por ello que en el Castellano, como en la mayoría de los idiomas actuales, existe un sustantivo para esta situación.

Lo que no se contempla, y por ello no existe un sustantivo que lo denomine, es el estado que vive un ser humano que pierde a un hijo. No es natural, ni es lógico que un hijo muera antes que su padre. No lo es cuando un padre tiene que velar y sepultar a una hija, y menos lo es si ella es una adolescente de 14 años que muere sorpresiva y sospechosamente.

Este inmenso dolor de padre y la idea de aclarar la muerte de su hija, es lo que por 30 años perseguirá a André Bamberski, el personaje de la película En el nombre de mi hija (Au nom de ma fille, Francia/Alemania, 2016) de Vincent Garenq.

Basado en un caso real, y tratando de ser fiel a lo sucedido, Garenq nos lleva con maestría cinematográfica por cuatro décadas de la vida de Bamberski para conocer aspectos centrales de su vida y el amor por sus hijos que le llevó a cuestionar al sistema francés de impartición de justicia y poner en riesgo las relaciones diplomáticas entre Francia y Alemania, a raíz de la sospechosa muerte de su hija. Una reflexión sobre la indiferencia del sistema y de la sociedad al legítimo dolor humano.

Interpretado magistralmente por Daniel Auteuil, en esta cinta conocemos a André Bamberski, un ejecutivo francés que vive con su familia en Marruecos. Su esposa (Marie-Josée Croze) tiene amoríos con el seductor médico alemán Dieter Krombach (Sebastian Koch) causando el divorcio.

Los hijos viven entonces con su padre en Francia y visitan durante las vacaciones a su madre que ahora habita en Alemania con Krombach. Es durante una de estas vacaciones, cuando Bamberski recibe la noticia de que Kalinka, su hija de 14 años, ha muerto.

Ante el inmenso dolor que implica repatriar el cuerpo de su hija para sepultarla, y ante la falta de una explicación sustentada sobre esta sorpresiva pérdida, Bamberski inicia una investigación por su cuenta que le llevará 30 años de su vida, y muchos recursos, para aclarar la muerte de su hija y capturar a su presunto asesino.

Ello a pesar de la indiferencia del sistema de justicia francés, de la presión diplomática de Alemania para archivar el caso y de la sociedad que tacha a Bamberski como un necio loco empeñado en demostrar lo que a los ojos de los demás es una fantasía. Pero nada detiene al corazón de un padre que intuye la verdad.

Con una amplia experiencia en el género documental, el director Vincent Garenq nos trae su cuarta cinta de ficción en donde saboreamos el espíritu del documental, pero sin abandonar la narrativa de ficción creando tensión dramática alrededor del personaje de Bamberski con un arco que construye una relación personal con la audiencia que va de la empatía a la frontera con la intolerancia.

Hay un momento en la película donde uno como espectador podría calificar a Bamberski de un obsesivo, que no permite descansar en paz a su hija, llegando a percibir en él la maldad de la venganza… o por lo menos eso parece.

Aquí es donde Garenq deja clara la leve diferencia entre necedad y persistencia. Necio es aquel que no cede ni un ápice en sus acciones y sus creencias, pese a no tener la verdad de su lado, ésa que sí miran los demás. Persistente es aquella persona que insiste en sus acciones y sus creencias porque ha visto la verdad, esa que no miran los demás. El tonto es necio y el inteligente es persistente. Bamberski fue persistente. Los demás verán, por fin, la verdad.

No hay nombre para estado que un ser humano experimenta el resto de su vida cuando pierde a un hijo. No hay un sustantivo que represente fielmente este dolor. Pero hay historias que nos la muestran. Una de esas historias es la de André Bamberski y su hija Kalinka.

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