23 abril 2017
El Popular

Los cuentos de las mil y esta noche

Tsundokus del mundo

Por Diana Isabel JARAMILLO. / abril . 17, 2017.

Por codicia, conseguí el compendio ilustrado de palabras intraducibles de todas partes del mundo Lost in translation, de Ella Frances Sanders, publicado con exceso de belleza por Libros del Zorro Rojo (2016). Allí aparece la palabra japonesa tsundoku, sustantivo para designar la “compra de un libro para apilarlo sobre otros tantos libros no leídos, apilados”.

Me llamó la atención pues en español la palabra más cercana a un acto de tsundokuismo sería la libropatía o bibliopatía que tampoco existe como tal en el diccionario de la RAE pero que se forma, etimológicamente, de dos acepciones: del griego biblio o libro y del latín pathia que a su vez viene del griego path doler, sufrir, y que por lo tanto designa al trastorno de sufrir mor los libros.

Son varios los síntomas que definen a la bibliopatía. No es un mal de reciente aparición. El hecho de que tengamos bibliotecas de cientos de años de existencia, textos de miles de años (en arcilla, en papiros, en pergaminos), es la prueba de que los librópatas han existido siempre.

El bibliópata está alejado de la paz mental, la feliz ignorancia, la aceptación jubilosa de lo que venga,  y en cambio se perfila como un ser ansioso, alejado del optimismo, un tanto antisocial, capaz de gastar todo su sueldo en libros y olvidarse de que ya no hay nada en el refrigerador.

Entre los males se encuentra la paranoia de que los —pocos— amigos que lo visitan puedan robarse un libro. Si estos osan pedirlo, sufreal negarles el favor. Antes bien, prefiere gastar en comprarles un libro idéntico para no disminuir su acervo personal. Por lo general, tienen una lista de deudores de libros.

Entre sus anhelos de gente normal, el que adolece del amor a los libros también sueña con ser millonario para no seguir husmeando en los aparadores, caminar sin codiciar los catálogos editoriales, adquirir rarezas bibliográficas.

El obsesionado de los libros siempre carga con uno en la mochila, en el carro, por si se queda atrapado en un tráfico como el que describió Cortázar en “La autopista del Sur”. Leer, lo salvaría de escuchar las historias apocalípticas del noveno día de las dos monjas que a su lado, en un carro 2HP, se encuentren; o de platicar cualquier otra insensatez con el prójimo.

No es precisamente escritor, pero sí lector de todo lo que caiga en sus manos, incluida la información alimentaria. Quizás sea de profesión bibliotecario, editor, archivista, librero, impresor, corrector, periodista: busca dedicarse a algún asunto directa o indirectamente relacionado con su obsesión.

En esta columnita, lector amigo,quisiera compartirle algunos ejemplos de esos bibliópatas que a lo largo de la historia del libro han llevado a cabo los más raros actos en pos de su amor irracional por lo impreso. Usted dirá, ¿para qué? Pues, por si acaso fuera un compulsivo comprador de libros, que bien sabe no tendrá tiempo de leer en esta vida, pueda encontrar un consuelo en una historia peor y más irracional que la suya. Vaya paradoja.

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